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Tomábamos el té a las seis. Madre terminaba el trabajo de la casa hacia las cuatro. En el intervalo, se tomaba tranquilamente una taza de té y «leía el periódico», como ella lo llamaba. En realidad, casi nunca leía el periódico excepto los domingos. Los periódicos de los días laborables sólo traían las noticias del día, y muy pocas veces había entre ellas ningún asesinato. Pero los directores de los periódicos dominicales se habían dado cuenta de que a la gente no le importaba mucho que los crímenes sean recientes o no, y cuando no había un crimen nuevo a mano, hacían un refrito de uno antiguo, remontándose a veces hasta los casos del doctor Palmer y de la señora Manning. Creo que madre pensaba que el mundo de fuera de Lower Binfield era, fundamentalmente, un lugar donde se cometían asesinatos. Los asesinatos ejercían una gran fascinación sobre ella, porque, como declaraba a menudo, no le cabía en la cabeza cómo alguna gente podía ser tan malvada. Maridos que degollaban a sus mujeres, personas que enterraban a sus padres bajo una capa de cemento, padres que tiraban a sus hijos a un pozo… ¿Cómo podían hacer cosas así? Cuando mi padre y mi madre se casaron, era la época del terror colectivo de Jack el Destripador, y de entonces databan las grandes persianas de madera colocadas delante de los escaparates de las tiendas, que se cerraban cada noche sin falta. Años después, aquellas persianas fueron desapareciendo, y la mayoría de las tiendas de la Calle Mayor no las tenían ya, pero mi madre se sentía más segura con ellas. Durante todo aquel tiempo, explicaba, había tenido el horrible presentimiento de que Jack el Destripador estaba escondido en Lower Binfield. El caso Crippen —que se produjo años después, cuando yo ya era mayorcito—, la impresionó muchísimo. Puedo oírla aún diciendo:


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