Metamorfosis

Metamorfosis

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En efecto, el hijo del Cefiso ya sumaba un año a los quince y podía parecer tanto un adolescente cuanto un joven. Muchos jóvenes y muchas muchachas lo desearon, pero era tan dura la soberbia que había en su tierna belleza que ningún joven, ninguna muchacha lo pudo tocar nunca. Un día, mientras espantaba a los asustados ciervos hacia las redes, le vio una ninfa habladora, que, sin embargo, ni podía estar callada mientras otro hablaba, ni podía hablar ella en primer lugar: era la resonante Eco. Hasta entonces, Eco no había sido sólo voz, sino también un cuerpo; sin embargo, el uso que podía hacer de su parlanchina boca no era distinto del que tiene ahora, puesto que lo único que podía hacer era repetir, de entre muchas palabras, sólo las últimas.

Aquello había sido obra de Juno, porque en numerosas ocasiones en que había estado a punto de sorprender a alguna ninfa yaciendo con su Júpiter en un monte, Eco, que lo sabía, había entretenido a la diosa con sus largas pláticas, dando tiempo a las ninfas para huir. Cuando la Saturnia se dio cuenta, dijo: «Poco poder tendrás sobre esta lengua que se ha burlado de mí, y muy escaso uso de la voz», y confirmó sus amenazas con hechos: Eco ya sólo duplica los sonidos cuando alguien termina de hablar, y reproduce las palabras que oye.


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