Metamorfosis
Metamorfosis »Yo subí a la cima de un cerro para ver qué me deparaban los vientos, y luego llamé a los compañeros y regresé al barco. “¡Aquí estamos!”, gritó Ofeltes, que venía a la cabeza del grupo, trayendo por la playa, como si se tratara de un botín, a un muchacho de delicada belleza que habían encontrado en un campo desierto. El niño parecía adormecido por el sueño y por el vino, y seguía a los hombres con dificultad. Observé su atuendo, su rostro y su forma de andar: no veía en él nada que pudiera considerarse mortal. Eso pensé y así se lo dije a mis compañeros: “No sé qué dios hay en este cuerpo, pero en este cuerpo hay un dios. Quienquiera que seas, ¡muéstrate propicio y asístenos en nuestras fatigas, y perdona también a éstos!”. “¡No te molestes en rezar por nosotros!”, dijo Dictis, que era el más rápido en trepar hasta la cima de los mástiles y volver a bajar descolgándose por una cuerda. Libis, el rubio, aprueba sus palabras, y también Melanto, el vigía de proa, y también las aprueba Alcimedonte, y Epopeo, que con su voz marcaba el ritmo de los remos y alentaba los ánimos de los remeros; tal era su ciego afán de botín. Yo les dije: “Pues no voy a permitir que profanéis esta nave cargando indebidamente a una divinidad. Yo soy quien manda aquí”, y me coloqué para cerrarles el paso. El que más se enfureció fue el temerario Lícabas, que, expulsado de una ciudad tirrena, pagaba con el exilio la pena por un funesto crimen; éste, mientras yo me mantenía firme en mi sitio, me asestó un puñetazo en la garganta con el que seguramente me habría tirado al agua si no fuera porque yo, aunque casi sin conocimiento, me agarré a una cuerda. La infame tripulación alabó al unísono su acción. Entonces, por fin, Baco (pues era Baco de quien se trataba), como si el alboroto hubiera despejado su somnolencia y volviera en sí tras los efectos del vino, dijo: “¿Qué hacéis? ¿Qué son estos gritos? Decidme, marineros, ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Adónde pensáis llevarme?”. “No tengas miedo”, dijo Proreo, “y dinos a qué puerto quieres dirigirte. Te llevaremos a donde nos digas”. “Entonces”, dijo Líber, “poned rumbo a Naxos. Ésa es mi tierra, y os acogerá hospitalariamente”. Engañándole, juran por el mar y por todos los dioses que así será, y a mí me ordenan que despliegue las velas de la nave de pintada quilla. Naxos quedaba a la derecha, y a la derecha estaba dirigiendo yo las velas cuando Ofeltes me dijo: “¿Pero qué haces, estúpido? ¿Qué locura…?”. Cada uno temía por sí mismo: la mayoría intentaba decirme con sus gestos: “¡Ve hacia la izquierda!”, mientras que otros me susurraban al oído lo que querían. Me quedé atónito, y les dije: “¡Que se encargue otro de gobernar el barco!”, y abandoné mi cargo y mi responsabilidad en el delito. Todos me increparon y un murmullo recorrió a los tripulantes, entre los cuales Etalión dijo: “¿Es que crees que nuestra salvación depende sólo de ti?”, y adelantándose, él mismo se hizo cargo de mis funciones y cambió la ruta, abandonando Naxos. Entonces el dios, burlándose de ellos, como si sólo entonces se hubiese dado cuenta del engaño, los miró desde lo alto de la curvada popa y, como si llorara, les dijo: “No son éstas, marineros, las costas a las que me prometisteis llevarme, no es ésta la tierra que os pedí. ¿Por qué razón merezco este castigo? ¿Qué mérito tiene que vosotros, unos mayores, engañéis a un niño? ¿Qué mérito tiene que entre muchos engañen a uno solo?”. Yo ya hacía rato que estaba llorando, pero mis infames compañeros se reían de mis lágrimas y azotaban las aguas con los remos cada vez más aprisa. Por el mismo Baco te juro ahora (pues no hay dios aquí que esté más presente que él), que tanto más cierto es lo que voy a referirte cuanto más difícil de creer parece: el barco se quedó parado en el agua, exactamente como si se encontrase en dique seco. Sorprendidos, ellos se esfuerzan por seguir bogando con los remos, despliegan las velas e intentan avanzar por ambos medios. Plantas de hiedra atrapan los remos y trepan por el barco serpenteando en una maraña de espirales; y adornan las velas con festones cargados de racimos. Él, con la frente coronada por una guirnalda de uvas y pámpanos, agita una vara recubierta de frondosa vid; a su alrededor yacen tigres y vacías imágenes de linces y de moteados guepardos. Los hombres se levantaron de un salto, invadidos bien por la locura o bien por el terror. Primero fue el cuerpo de Medón el que empezó a volverse negro, mientras su espina dorsal se arqueaba formando una curva pronunciada. Lícabas le dijo: “¿En qué monstruo te estás convirtiendo?”, y mientras hablaba ya tenía una boca ancha y una nariz encorvada, y su piel endurecida estaba recubierta de escamas. Libis, mientras intentaba girar hacia atrás los remos impedidos por las ramas, vio cómo sus manos se replegaban y se contraían, y ya no eran manos; más bien habría que llamarlas aletas. Otro, que quería tender sus brazos hacia las maromas enredadas, no tiene brazos, y arqueando su cuerpo mutilado se lanza al mar: en el extremo tiene una cola con forma de hoz, como la que forma la luna en mitad de su ciclo. Saltan por todas partes salpicándolo todo, y una y otra vez emergen para luego volverse a sumergir, juegan en una especie de baile y agitan sus cuerpos voluptuosamente, expulsando por las anchas narices el agua que han absorbido[34]. De los veinte que éramos poco antes (ése era el número que llevaba la nave), sólo quedaba yo: estaba temblando y helado de miedo, pero el dios consiguió tranquilizarme, diciéndome: “Aleja el miedo de tu corazón y pon rumbo a Naxos”. Conducido hasta allí, me adherí a su culto y ahora participo en los ritos báquicos».