Metamorfosis

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»La diosa de Citera[11] quiso que el delator recibiera un castigo memorable, e hizo que aquél que había perjudicado su amor secreto, se viera perjudicado por un amor igual. ¿De qué te sirven ahora, hijo de Hiperión[12], tu belleza, tu color, y tu radiante luz? En efecto, tú que abrasas toda la tierra con tu fuego ardes ahora en un fuego distinto, tú que debes observarlo todo miras a Leucótoe y fijas tu mirada, que debes a todo el mundo, en una sola doncella. A veces surges más pronto en el cielo de Oriente, a veces te sumerges más tarde en las olas, y mientras te entretienes mirándola haces más largos los días del invierno; en ocasiones desfalleces, y el mal de tu mente se transmite a tus ojos, y al oscurecerte llenas de terror el corazón de los mortales. Y no palideces porque la forma de la luna, acercándose más a la tierra, se te haya puesto delante: es el amor el que te da ese color. Sólo ella te gusta, y ya no te importan ni Clímene, ni Rodas, ni la bellísima madre de Circe de Eea[13], ni Clitie, quien, aunque despechada, aún buscaba tu lecho en aquellos días y sufría gravemente por ello. Leucótoe te hizo olvidar a muchas, Leucótoe, a quien había dado a luz Eurínome, la más bella del país de las fragancias[14]; pero cuando la hija creció, de cuanto la madre superaba a las demás en belleza, superó ella a su madre. Gobernaba las ciudades de los Aqueménidas[15] su padre, Orcamo, que era el séptimo heredero de la antigua estirpe de Belo.


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