Metamorfosis
Metamorfosis Y, sin embargo, todavía estamos lejos del final. A todos les movía el mismo deseo: matar a uno, a Perseo, y por doquier las filas de los conjurados peleaban por una causa que era un insulto al mérito y a la lealtad. De este lado, su suegro, en vano un hombre honesto; su nueva esposa y su madre le apoyan y llenan el palacio con sus lamentos; pero el estruendo de las armas y los gemidos de los que caen cubren sus voces, y Belona[11] baña en sangre los penates de la casa, profanados ya sin remedio, e incita nuevos combates. Perseo, solo, se ve rodeado por Fineo y por los mil que le siguen; una lluvia de flechas vuela rozándole los costados, vuela por delante de sus ojos y junto a sus oídos, más densa que una granizada invernal. Entonces coloca su espalda contra una gran columna de piedra y de esa manera, con las espaldas protegidas, se enfrenta a las filas de sus oponentes y aguanta el empuje de los que le atacan. Por la izquierda le hostigaba Molpeo de Caonia, por la derecha Ejemón el nabateo. Igual que una tigresa acuciada por el hambre que oye mugir a dos manadas en valles distintos y no sabe a cuál atacar, y querría lanzarse sobre las dos, así Perseo, dudando si golpear a izquierda o a derecha, se libra de Molpeo hiriéndole en una pierna, y se conforma con que huya. Ejemón, en efecto, no le da tregua, es más, se enfurece, e impaciente por herirle arriba, en el cuello, saca su espada, pero calcula mal sus fuerzas, y la estrella golpeándola contra el borde de la columna: el filo, saltando en pedazos, se clava en la garganta de su propio dueño. La herida, sin embargo, no basta para causarle la muerte: mientras tiende inútilmente, entre espasmos, los brazos inermes, Perseo le traspasa con la cimitarra cilénide[12]. Por fin, cuando vio que su valor se veía vencido por la multitud de los enemigos, dijo: «Puesto que vosotros mismos me obligáis a ello, buscaré el auxilio de una enemiga. ¡Que vuelva la cara quien sea mi amigo, si es que hay alguno!», y sacó la cabeza de la gorgona. «¡Búscate a otro que se deje impresionar por tus prodigios!», dijo Téscelo, y cuando se preparaba a arrojar una mortal jabalina, se quedó petrificado en el gesto de lanzar, convertido en una estatua de piedra. A su lado, Ámpix dirigía su espada contra el pecho rebosante de valor del Lincida, y cuando iba a asestar el golpe su brazo derecho se endureció y ya no se movió ni hacia adelante ni hacia atrás. Nileo, que se jactaba de ser hijo del Nilo de siete bocas y que había hecho cincelar en su escudo siete ríos en parte de oro y en parte de plata, dijo: «¡Mira bien, Perseo, cuál es el origen de mi estirpe, y llévate contigo al reino de las mudas sombras de los muertos el consuelo de haber perecido a manos de un héroe como yo!». Mientras pronunciaba las últimas palabras su voz se ahogó, y parecía como si su boca abierta quisiera hablar, pero las palabras no pudieran pasar por ella. Érix los increpa, diciéndoles: «¡Es vuestra cobardía la que os detiene, no el poder de la gorgona! ¡Lanzaos conmigo al ataque, derribad a este joven que blande armas mágicas!». Y ya partía al ataque: se quedó parado, piedra inmóvil, estatua de guerrero.