Metamorfosis

Metamorfosis

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Sería demasiado largo enumerar los nombres de todos los hombres más plebeyos: doscientos cuerpos quedaban en lucha, doscientos cuerpos quedaron petrificados al ver a la gorgona. Entonces, por fin, Fineo se arrepintió de esa guerra injusta. Pero ¿qué podía hacer? Ve estatuas en distintas posiciones, reconoce a los suyos y les pide ayuda llamándolos por sus nombres; sin poder creerlo, toca los cuerpos que tiene más cerca: son de mármol. Entonces vuelve el rostro hacia atrás, y así, tendiendo de lado los brazos y las manos que confiesan su culpa, le dice suplicante: «¡Tú ganas, Perseo! ¡Aparta a tu monstruo, a tu rostro petrificante, aparta a Medusa, sea lo que sea! ¡Guárdala, te lo ruego! No fueron el odio ni el deseo de reinar los que me arrastraron a la guerra: si empuñé las armas fue por mi prometida. Tú tenías de tu parte tus méritos, yo la antigüedad como pretendiente. Siento no haber cedido. ¡Concédeme tan sólo la vida, fortísimo Perseo, todo lo demás es tuyo!». Así decía, suplicándole con las palabras, pero sin atreverse a mirarle. Perseo le contestó: «Lo que puedo concederte, miedosísimo Fineo, y es un gran regalo para un cobarde, te lo voy a conceder, no temas: ninguna espada te hará daño. En efecto, te daré un monumento que perdurará en el tiempo: siempre se te podrá ver en la casa de mi suegro, para que mi esposa se pueda consolar con la imagen de su pretendiente». Así dijo, y movió a la hija de Forco[13] hacia el lugar al que el asustado Fineo volvía sus ojos. Entonces, mientras otra vez intentaba apartar la mirada, se endureció, y el humor de sus ojos se volvió rígida piedra; pero el mármol conservó su expresión asustada y su mirada suplicante, sus manos implorantes y su semblante humillado. Victorioso, el Abantíada volvió a entrar en las murallas de su ciudad natal[14] con su esposa, y en defensa y venganza de su abuelo Acrisio, aunque no lo merecía, agredió a Preto. Preto, en efecto, se había apoderado de la ciudad tras haber expulsado a su hermano Acrisio con la fuerza de las armas. Pero ni con las armas ni con la ciudadela que injustamente había tomado pudo vencer la torva mirada del monstruo de cabellera de serpientes. A pesar de todo, a ti, Polidectes, soberano de la pequeña Serifos, no te habían ablandado ni el valor que Perseo había demostrado en tantas hazañas ni los peligros que había corrido; es más, seguías profesándole inexorablemente un odio atroz, y no deponías tu injusta cólera. Desacreditas incluso su fama, y sostienes que la muerte de Medusa es falsa. «Te daré una prueba de la verdad. ¡Cerrad los ojos!», dijo Perseo, y con el rostro de Medusa convirtió el rostro del rey en una piedra sin sangre.


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