Metamorfosis

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Hasta allí acompañó Palas Tritonia a su hermano nacido del oro. Después abandonó Serifos envuelta en una hueca nube, y dejando a su derecha Citnos y Gíaros, se dirigió volando sobre el mar, por la vía que le pareció más directa, hacia Tebas y hacia el Helicón, donde habitan las vírgenes Musas. Cuando llegó al monte, se posó y se dirigió a las doctas hermanas con estas palabras: «Ha llegado a mis oídos la noticia de una nueva fuente que el alado hijo de Medusa[15] ha hecho brotar con sus pezuñas. Ése es el motivo de mi venida: quiero ver ese prodigio. Yo misma vi nacer al caballo de la sangre de su madre». Urania le respondió: «Cualquiera que sea la razón que hayas tenido para visitar nuestra morada, oh diosa, para nosotras es gratísima. La noticia es cierta, en efecto: ha sido Pegaso el origen de esta fuente», y la condujo a las aguas sagradas. Tras admirar largo rato las aguas nacidas de las pezuñas del caballo, Palas se quedó mirando los recesos sagrados de los antiguos bosques que la rodeaban, las cuevas y los prados adornados de innumerables flores, y llamó bienaventuradas a las hijas de Mnemósine[16], tanto por sus ocupaciones como por ese lugar, a lo que una de las hermanas le respondió: «Oh Palas, tú que habrías entrado a formar parte de nuestro grupo si el valor no te hubiera llevado a empresas más elevadas, es cierto lo que dices, y con razón alabas nuestras artes y nuestra sede: es grata nuestra suerte, mientras estemos seguras. Pero (hasta tal punto nada le está vetado al mal) todo turba nuestras mentes de vírgenes, todavía está ante nuestros ojos el despiadado Pireneo, y yo aún no me he recobrado. El cruel Pireneo se había apoderado con sus soldados tracios de Dáulide[17] y de los campos de la Fócide, e injustamente reinaba sobre ellos. Nosotras nos dirigíamos al templo del Parnaso: él nos vio y, fingiendo venerar nuestra divinidad, nos dijo: “Oh hijas de Mnemósine —pues nos había reconocido—, deteneos, y no dudéis, os lo ruego, en refugiaros del mal tiempo y de la lluvia —en efecto, llovía— en mi casa. Muchas veces han entrado los dioses en casas humildes”. Persuadidas por sus palabras y por la tempestad, le dijimos que sí y entramos al vestíbulo de su mansión. La lluvia cesó: el Aquilón había vencido al Austro, y los oscuros nubarrones se retiraban del cielo purificado; entonces quisimos irnos. Pero Pireneo cierra las puertas y se dispone a violarnos: nosotras huimos poniéndonos nuestras alas. Él, como si estuviera decidido a seguirnos, subió a la torre más alta y dijo: “¡El camino que sigáis también lo seguiré yo!”, y el insensato se arrojó desde la cima de la torre; cayó sobre el rostro y se fracturó los huesos del cráneo contra la tierra, que quedó empapada de su sangre impía».


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