Metamorfosis

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La musa estaba hablando: entonces un aleteo resonó en el aire, y desde las ramas más altas llegaron voces de saludo. La hija de Júpiter miró hacia arriba buscando de dónde venía el sonido de esas voces que articulaban palabras tan claras, convencida de que eran hombres los que hablaban. Eran pájaros: urracas que todo lo imitan, que, en número de nueve, posadas en las ramas se lamentaban de su destino. Mientras la diosa las miraba asombrada, una de las musas empezó a decir: «Hace poco tiempo que también ellas, tras haber sido vencidas en un certamen, pasaron a engrosar el número de las aves. Piero, rico terrateniente de Pela[18], las engendró, y su madre fue Euipe de Peonia. Nueve veces invocó Euipe a la poderosa Lucina[19], y nueve veces dio a luz. La turba de las necias hermanas, llena de orgullo por ser tan numerosa, vino un día hasta aquí, atravesando muchas ciudades hemonias y muchas ciudades aqueas, y nos desafió a competir con las siguientes palabras: “¡Dejad de engañar con vanos deleites al vulgo ignorante! ¡Competid con nosotras, tespíades[20], si es que confíais en vosotras mismas! No nos venceréis ni en la voz ni en el arte, y somos tantas como vosotras. Si perdéis, abandonaréis la fuente de Medusa y la hiantea fuente de Aganipe[21], y si no, nosotras nos retiraremos de los campos de Emacia hasta la nevada Peonia. Que las ninfas arbitren la competición”. Competir era vergonzoso, pero más vergonzoso nos pareció rehusar. Las ninfas elegidas para el arbitraje juraron por los ríos, y se sentaron en asientos excavados en roca viva. Entonces, sin sorteo, una que se había ofrecido para competir en primer lugar cantó las guerras de los habitantes del cielo, ensalzando falazmente a los Gigantes y empobreciendo las proezas de los dioses. Dijo que Tifeo, surgiendo de las profundidades de la tierra, había asustado a todos los dioses, que habían dado media vuelta y habían huido hasta llegar exhaustos a las tierras de Egipto, donde el Nilo se abre en siete puertos. Y contó que también Tifeo, nacido de la tierra, llegó hasta allí, y que los dioses se escondieron bajo falsas apariencias: “Júpiter”, dijo, “se transformó en jefe del rebaño, y por eso todavía hoy en Libia se representa a Amón coronado de corvos cuernos; el dios de Delos se transformó en cuervo, el hijo de Sémele en macho cabrío, la hermana de Febo en gato, Juno en una vaca blanca, Venus se ocultó bajo la forma de un pez, y el dios de Cilene bajo las alas de un ibis”.


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