Metamorfosis

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El Sol ya había conducido el espacio de un año a través de cinco otoños, cuando Progne, zalamera, le dijo a su marido: «Si de verdad me quieres, ¡déjame ir a ver a mi hermana, o haz que sea ella la que venga aquí! A tu suegro le prometerás que ella regresará pronto; ver a mi hermana será para mí el mayor regalo». Él ordena que saquen un barco al mar, y con la ayuda de remos y velas entra en el puerto de Cécrope y toca las playas del Pireo[41]. Tan pronto como es admitido a la presencia de su suegro, se estrechan las manos y traban conversación con los más faustos auspicios. Apenas había empezado Tereo a referir el encargo de su esposa y la razón de su viaje, prometiendo el pronto regreso de la viajera, he aquí que Filomela hace su entrada adornada de rico atavío y de aún más rica belleza, tal como solemos escuchar que las náyades y las dríades pasean por los bosques, si también ellas pudieran vestirse con semejante ornato. Al ver a la virgen, Tereo arde de pasión, como cuando alguien prende fuego a unas espigas secas o quema ramas y hierbas en el interior de un pajar. Sin duda el aspecto de ella es digno de tal reacción, pero además le excita un innato desenfreno, pues las gentes de aquellas regiones son particularmente inclines a la lujuria; así pues, se inflama con un vicio propio de sí mismo y también de su pueblo. Su primer impulso es el de corromper con un soborno los cuidados de sus compañeras y la lealtad de su nodriza, y seducirla con numerosos regalos, dilapidando el reino entero si es preciso; o tal vez raptarla y defenderla luego con una guerra despiadada. Y, poseído por una pasión desenfrenada, no hay nada a lo que no esté dispuesto, y su pecho ya no puede contener las llamas que encierra. Ya le cuesta soportar la espera, y volviendo con ansiosa boca al encargo de Progne, defiende sus propios deseos encubiertos bajo los de ella. El amor le hacía locuaz: cada vez que se excedía en sus súplicas decía que era Progne quien así lo quería; hasta lágrimas empleó, como si ella también se lo hubiese ordenado. ¡Oh dioses, qué ciega oscuridad envuelve el corazón de los mortales! Precisamente cuando está urdiendo un crimen, a Tereo le consideran piadoso, y por un delito recibe alabanzas. Que además, la misma Filomela secunda sus deseos, y mientras abraza tiernamente los hombros de su padre para convencerle de que la deje ir a ver a su hermana, le suplica por su vida, y a la vez en contra de ella. Tereo la mira, y al mirarla ya siente como si la tocara, y los besos y los abrazos que ve son estímulos y llamas que alimentan su pasión, y cada vez que ella rodea con sus brazos a su padre él desearía ser el padre; en efecto, no por ello se abstendría de ser impío. Pandión cede por fin ante las súplicas de ambos: ella se regocija y da las gracias a su padre, y cree, infeliz, que es una victoria de las dos lo que para las dos será una desgracia.


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