Metamorfosis
Metamorfosis Ellos se marchan según sus órdenes. Medea, con los cabellos sueltos y ataviada como una bacante, camina alrededor de los altares encendidos, baña unas antorchas en la negra sangre de los fosos, así impregnadas las prende en el fuego de los dos altares, y tres veces purifica al anciano con fuego, tres veces con agua, tres veces con azufre. Mientras tanto, en un caldero de bronce una poderosa pócima hierve, burbujea y rezuma espuma blanca. Allí cuece raíces cortadas en el valle de Hemonia, semillas, flores y ácidos jugos. Añade también piedras traídas del Extremo Oriente y arenas lavadas por el reflujo del océano, rocío recogido en una noche de luna, inmundas alas de vampiro con su propia carne y entrañas del biforme lobo, que suele cambiar su rostro de animal por el de un hombre. Tampoco faltan la piel escamosa de una serpiente venenosa del Cínife y el hígado de un ciervo longevo, a lo que añade además el pico y la cabeza de una corneja que ha vivido nueve siglos.