Metamorfosis
Metamorfosis »Aturdido por tan gran torbellino de desgracias, exclamé: “¡Oh Júpiter, si no mienten cuando dicen que te entregaste a los abrazos de Egina, hija del Asopo, y si no te avergüenzas, oh gran padre, de ser mi progenitor, devuélveme a los míos o entiérrame a mí también en una tumba!”. Él me envió una señal con un relámpago y un trueno favorable. “Los recibo, y espero que sean señales de que tu mente me es propicia”, dije. “Tomo como señal de compromiso el presagio que me envías”. Casualmente, había cerca de allí una encina de amplísima copa consagrada a Júpiter, un rarísimo ejemplar nacido de una semilla traída de Dodona[58]: allí pude ver una larga fila de hormigas recogedoras de semillas, que transportaban grandes cargas con sus diminutas bocas, y seguían siempre su camino sobre la áspera corteza. Mientras me admiraba de su gran número, “¡dame, óptimo padre”, dije, “igual número de ciudadanos, y vuelve a llenar las murallas vacías!”. Un temblor recorrió la alta encina, y sus ramas resonaron, agitándose sin viento alguno. Mis piernas temblaban recorridas por escalofríos de terror, y mis cabellos estaban erizados; no obstante, besé la tierra y el tronco, y aunque no quería admitir que tenía esperanzas, en realidad las tenía, y en mi corazón abrigaba ilusiones. Llegó la noche, y el sueño se apoderó de mi cuerpo fatigado por las preocupaciones: ante mis ojos apareció esa misma encina, con la copa igual de crecida, con las ramas cubiertas del mismo número de animales; entonces me pareció que el mismo temblor la recorría, y que dejaba caer sobre el campo, debajo de sí, la fila de las recogedoras de semillas, y que éstas crecían de repente y se hacían más y más grandes, que se levantaban del suelo y se tenían de pie en posición erguida, perdían su delgadez, el número de sus patas y el color negro, y sus miembros tomaban forma humana. El sueño se va. Una vez despierto maldigo mis visiones y me lamento de no encontrar ayuda entre los dioses. Pero en el palacio había un gran murmurar, y me parecía oír voces de hombres, a las que ya no estaba acostumbrado. Mientras conjeturo que también aquéllas debían ser un sueño, llega corriendo Telamón, y abriendo las puertas de par en par, me dice: “¡Padre, vas a ver algo que supera toda fe y toda esperanza! ¡Sal fuera!”. Salgo y, tal como me había parecido verlos en las imágenes de mi sueño, veo a unos hombres en fila y los reconozco: se acercan y saludan a su rey. Cumplo los votos hechos a Júpiter, y divido entre los nuevos pobladores la ciudad y los campos que habían dejado los campesinos desaparecidos, y los llamo mirmidones, para que el nombre recuerde su origen[59]. Sus cuerpos ya los has visto, y en cuanto a sus costumbres, siguen conservando las que tenían antes: es una raza parca que soporta bien la fatiga, que acumula con tenacidad y guarda lo que acumula. Éstos, iguales en años y en temple, te seguirán a la guerra cuando el Euro, que felizmente te trajo —pues con el Euro había llegado—, se haya convertido en Austro». En estos discursos y otros parecidos ocuparon la larga jornada. La última parte del día la dedicaron a un banquete, y la noche al sueño.