Metamorfosis

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La primera lanza, arrojada por el brazo de Equión, no alcanzó su objetivo y rozó levemente el tronco de un arce; la siguiente, de no haber sido lanzada con demasiada fuerza, parecía que había de clavarse en el lomo, a donde iba dirigida, pero fue más lejos; el autor del tiro fue Jasón de Págasa. «¡Oh Febo!», dijo el Ampícida[30], «¡si es cierto que te he venerado y te venero, concédeme alcanzar el blanco con un tiro infalible!». Hasta donde pudo, el dios favoreció su ruego: el jabalí recibió el golpe, pero sin herida; Diana había hecho caer el hierro mientras la jabalina volaba, y la madera llegó sin punta. Esto provocó la ira del animal, que se encendió con la violencia de un rayo: sus ojos echan chispas, y también su pecho exhala fuego. Como vuela una mole de piedra cuando es impulsada por la cuerda tensada de una catapulta y se dirige contra las murallas o las torres repletas de soldados, así el mortífero jabalí se abalanza sobre los jóvenes con tremendo ímpetu, y arrolla a Eupálamo y a Pelagón, que protegían el ala derecha: sus compañeros retiran sus cuerpos del suelo. Tampoco Enésimo, hijo de Hipocoonte, pudo huir a su mortal embestida: cuando, tembloroso, se disponía a volverle la espalda, los músculos le fallaron, seccionados por debajo de la rodilla. Tal vez también Néstor de Pilos habría muerto antes de los años de Troya si no se hubiera impulsado clavando la lanza en el suelo para saltar hasta las ramas de un árbol cercano, observando luego desde allí, una vez en lugar seguro, al enemigo al que acababa de escapar. Éste, enfurecido, frota sus colmillos contra el tronco de una encina amenazando muerte, y envalentonado por sus armas recién afiladas desgarra con el corvo hocico el fémur del gran Eurítida[31]. Mientras tanto los dos gemelos, que aún no eran astros celestes[32], ambos espléndidos, montaban ambos sendos caballos más blancos que la nieve, y ambos blandían lanzas cuya punta vibraba en el aire con trémulo movimiento; le habrían herido, si no fuera porque el erizado jabalí se metió por donde la selva era más espesa, por lugares inalcanzables para las lanzas y los caballos. Telamón se lanzó tras él, pero el ardor le hizo avanzar sin cautela y cayó de bruces al tropezar con la raíz de un árbol; mientras Peleo le ayudaba a levantarse, la de Tegea colocó una flecha en la cuerda y plegando el arco la disparó: la flecha, clavándose bajo la oreja de la fiera, arañó la piel y tiñó las cerdas con unas gotas de sangre. Sin embargo, no se alegra ella del éxito de su tiro más de lo que se alegra Meleagro: se cree que él fue el primero en verlo y el primero en señalar a sus compañeros la sangre que había visto, y que dijo: «¡Por tu valentía, tú te llevarás merecidamente todo el honor!».


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