Metamorfosis
Metamorfosis Los hombres se sonrojaron, se exhortaban mutuamente y añadían a la algarabía gritos de ánimo, y tiraban sus flechas sin orden: la confusión obstaculizaba sus tiros, e impedía que alcanzaran su objetivo. Entonces, he aquí que el Arcadio[33], armado de un hacha de dos filos, exclamó furibundo: «¡Ahora veréis, jóvenes, en cuánto superan las armas de los hombres a las de las mujeres! ¡Dejadme paso! ¡Que la hija de Latona proteja si quiere a este animal con sus propias armas: mi diestra acabará con él aunque Diana no quiera!». Y tras proferir tales palabras, henchido de orgullo y con semblante jactancioso, alzó con las dos manos el hacha de doble filo, y poniéndose de puntillas se quedó en equilibrio, doblado hacia atrás: el jabalí se adelanta al osado Anceo y clava sus dos colmillos en la parte alta de la ingle, allí donde es más corto el camino hacia la muerte. Anceo cae y sus vísceras desprendidas se deslizan fuera, revueltas con mucha sangre. Pirítoo, hijo de Ixión, se dirigía hacia el adversario blandiendo un venablo en su valerosa diestra; entonces el hijo de Egeo[34] le dijo: «¡Mantente apartado, tú, a quien yo quiero más que a mí mismo! ¡Detente, parte de mi alma! A los valerosos también se les permite quedarse lejos: ¡a Anceo le ha perjudicado su temerario arrojo!». Así dijo, y arrojó una pesada lanza de cornejo con la punta de bronce; aunque había sido un buen lanzamiento y habría podido alcanzar su objetivo, una frondosa rama de encina se interpuso en su camino. También el Esónida[35] arrojó su jabalina, que la casualidad desvió hacia un inocente perro que ladraba, le atravesó las entrañas, y entre las entrañas se quedó clavada en el suelo. En cambio, la mano del Enida[36] tira con suerte cambiante, y de dos astas que arroja, la primera se clava en la tierra, y la segunda, en medio del lomo del animal. Inmediatamente, mientras el jabalí se enfurece, mientras se revuelca por el suelo y con un bramido estridente derrama espuma mezclada con sangre fresca, el autor de la herida se le echa encima, azuza su cólera, y le hunde entre los omoplatos un resplandeciente venablo.