Metamorfosis

Metamorfosis

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El Sol ya se encontraba más o menos a medio camino entre la noche que se acercaba y la que había pasado, y la misma distancia le separaba de una y de otra: se quitan las ropas, y con el cuerpo brillante, ungidos con el denso jugo de la oliva, empiezan a competir con el ancho disco. Febo fue el primero en lanzarlo, después de blandirlo, a las capas más altas del aire, cortando con su masa las nubes que encontraba en su camino. Tras largo tiempo, el peso volvió a caer sobre la sólida tierra, demostrando lo que podía hacer la habilidad unida a la fuerza. Llevado por la pasión del juego, el Tenárida[20] se había precipitado imprudentemente a recoger el disco, pero la dura tierra lo hizo rebotar golpeando tu cara, oh Jacinto. El mismo dios palidece a la vez que el joven, y sostiene sus miembros que desfallecen: ahora intenta reanimarte, ahora limpia la funesta herida; ahora, aplicando unas hierbas, intenta retener el alma que escapa. De nada sirven sus artes: la herida era incurable. Al igual que cuando alguien en un jardín de riego corta violetas o amapolas, o lirios sostenidos por rojizos tallos, y éstos, marchitos, reclinan en seguida la cabeza que se hace pesada, y ya no se mantienen tiesos, y miran con los pétalos hacia el suelo, de la misma forma languidece abatido el rostro moribundo, el cuello queda sin fuerzas y es un peso para sí mismo, y cae inclinado sobre el hombro. «Tú mueres, Ébalida, despojado de la primera juventud», dice Febo, «y yo veo tu herida, que es mi delito. ¡Tú eres mi dolor y mi crimen, mi diestra es la culpable de haberte matado, yo soy el autor de tu muerte! Pero en realidad, ¿cuál ha sido mi culpa? A menos que se pueda llamar culpa a haber jugado, a menos que también amar pueda considerarse una culpa. ¡Ojalá pudiese pagar mi castigo con la vida, muriendo contigo! Pero puesto que la ley del destino me lo impide, siempre estarás conmigo y tu recuerdo estará pegado a mis labios. Tú sonarás en la lira tañida por mi mano, tú sonarás en mis cantos y, flor nueva, reproducirás en letras mis lamentos. Llegará también un tiempo en que un poderosísimo héroe se unirá a ti en esta flor, y su nombre se leerá en los mismos pétalos». Mientras Apolo profiere estas palabras con verídica boca, he aquí que la sangre, que había manchado la hierba mezclándose con la tierra, deja de ser sangre, y nace una flor más resplandeciente que la púrpura de Tiro, que toma la forma de los lirios, con la única diferencia de que el color de ésta es morado, mientras que aquéllos son plateados. Pero a Febo, pues él era quien le había concedido este honor, no le bastó con esto: él mismo inscribió en los pétalos sus gemidos, y así la flor lleva escrito AYAY, y lleva marcadas letras de dolor[21]. Y Esparta no se avergüenza de haber generado a Jacinto; todavía hoy le rinde homenaje, y cada año retornan las Jacintias, que han de celebrarse, según las antiguas costumbres, con una procesión.


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