Metamorfosis

Metamorfosis

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Cuentan que las palabras que murmuraba llegaron a los fieles oídos de su nodriza, que vigilaba el umbral de su pupila. La anciana se levanta y abre la puerta, y al ver los preparativos para la muerte, a la vez empieza a gritar, se hiere el pecho y rompe sus ropas, le quita el lazo del cuello y lo desgarra. Sólo entonces se entregó al llanto, sólo entonces la abrazó y le preguntó la causa de esa cuerda. La muchacha calla, muda, observa inmóvil el suelo y se duele de haber sido sorprendida en su intento, demasiado lento, de darse muerte. La anciana insiste, y descubriendo sus canas y sus pechos secos le suplica, en nombre de ese primer alimento que le dio en la cuna, que le confíe la razón de su dolor. Ella gime, volviendo la espalda a sus ruegos; pero la nodriza está decidida a averiguarlo y a ofrecerle algo más que su palabra. «Cuéntamelo», le dice, «y deja que te ayude. No es la mía una vejez sin recursos: si se trata de locura, tengo a alguien que te curará con conjuros y hierbas; si alguien te ha echado mal de ojo, te purificarán con un rito mágico; si es la ira de un dios, la ira se puede aplacar con sacrificios. ¿En qué otra cosa podría pensar? Porque, desde luego, tu posición y tu casa están a salvo y prosperan, y tu padre y tu madre están vivos». Al oír nombrar a su padre, Mirra exhala un suspiro desde lo más profundo de su pecho; sin embargo, la nodriza todavía no sospecha que se trata de ninguna impiedad, aunque sí presiente que se trata de algún amor. Insistiendo tenazmente en su propósito le ruega que se lo diga, sea lo que sea; la toma deshecha en lágrimas en su regazo de anciana, y estrechándola entre sus débiles brazos, dice: «¡Estás enamorada, me he dado cuenta! Y en esto, no temas, mi celo estará a tu servicio, y tu padre no sabrá nada». Mirra, furiosa, salta de su regazo, y hundiendo el rostro en la cama, dice: «¡Vete, te lo suplico, y apiádate de mi triste vergüenza!», y ante su insistencia, «¡Vete —vuelve a decirle— o deja de preguntarme por qué me atormento! ¡Es una iniquidad lo que te esfuerzas por saber!». La anciana se estremece, tiende hacia ella sus manos temblorosas por la edad y por el miedo, y cae suplicante a los pies de su pupila. Y unas veces la lisonjea, otras la asusta para que confiese y la amenaza con contar lo del lazo y su intento de suicidio, y le promete su ayuda si le confía su amor. Ella levantó la cabeza e inundó el pecho de la nodriza con un torrente de lágrimas, muchas veces estuvo a punto de hablar, muchas veces se contuvo, y cubriéndose con el vestido el rostro avergonzado, exclamó: «¡Oh madre, feliz por tu esposo!». Sólo eso dijo, y gimió. Un escalofrío helado recorrió los miembros y los huesos de la nodriza, pues por fin había comprendido; en toda su cabeza se erizó su blanca canicie, se pusieron tiesos sus cabellos. Muchas cosas dijo para ver si podía arrancar de ella ese amor infausto; pero la muchacha, aunque sabe que tiene razón en sus consejos, está decidida a morir si no puede conseguir su amor. «Vive», le dice entonces la anciana, «tendrás a tu…», y, no atreviéndose a decir «padre», calla, y confirma su promesa jurando por los dioses.


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