Metamorfosis
Metamorfosis Pero la criatura concebida del pecado había crecido bajo la madera, y buscaba un camino para salir a la luz y abandonar a su madre. El vientre grávido se hincha en mitad del árbol: el peso tensa el cuerpo de la madre, pero a su dolor le faltan las palabras, y Lucina no puede ser invocada por la parturienta. El árbol, sin embargo, parece esforzarse, se comba y profiere constantes gemidos, y está bañado en ríos de lágrimas. La piadosa Lucina se paró junto a las doloridas ramas, acercó su mano y pronunció las palabras que ayudan al parto. El árbol forma unas grietas y expulsa a través de la quebrada corteza su carga viviente: el niño llora. Las Náyades lo depositaron sobre tiernas hierbas y lo ungieron con las lágrimas de su madre.
La misma Envidia habría tenido que alabarlo: en efecto, su cuerpo era como el de los amorcillos desnudos que se pintan en los cuadros, siempre que, para que no se diferenciaran en el atuendo, les quitaras a ellos la ligera aljaba, o se la pusieras a él.
El tiempo huye y pasa volando, y nada hay más veloz que los años. Aquél que ha nacido de su hermana y de su abuelo, que hace un momento estaba encerrado en el tronco, que hace un momento fue dado a luz, y poco ha era un niño bellísimo, ya es un joven, ya es un hombre, ya se supera a sí mismo en belleza, ya gusta a la misma Venus, y con ello venga la pasión de su madre.