Metamorfosis
Metamorfosis En efecto, una vez que Cupido, el niño de la aljaba, estaba dando besos a su madre, la arañó en el pecho, sin darse cuenta, con una flecha que sobresalía. Al sentir el dolor la diosa apartó a su hijo con la mano, pero la herida era más profunda de lo que parecía, aunque al principio ella misma no lo hubiese advertido. Cautivada por la belleza del joven, ya no se interesa por las playas de Citera; no visita Pafos, ceñida de profundo mar; ni Cnido, rica en pesca; ni Amatunte, productora de metales; también prescinde del cielo: antes que el cielo prefiere a Adonis. No se separa de él, es su compañera; acostumbrada a entregarse siempre a las sombras y a aumentar y cultivar su belleza, ahora vaga por cerros y por selvas entre rocas y matorrales, con la túnica recogida sobre la rodilla a la manera de Diana, y azuza a los perros para dar caza a animales de fácil presa, como las liebres que andan inclinadas hacia adelante, los ciervos de alta cornamenta o los gamos. Se mantiene lejos de los fuertes jabalíes y evita a los rapaces lobos, a los osos armados de zarpas y a los leones que se sacian devastando el ganado. También a ti, Adonis, te previene para que les tengas miedo, por si acaso puede conseguir algo con sus consejos, y dice: «¡Sé valiente con los que huyen! La audacia no está a salvo frente a los audaces. No seas temerario, joven Adonis, puesto que es un peligro también para mí, y no provoques a las fieras a las que la naturaleza ha dotado de armas, ¡que no tenga yo que pagar cara tu gloria! Ni tu edad, ni tu aspecto, ni las demás cosas que han conmovido a Venus podrán conmover a los leones y a los jabalíes hirsutos de cerdas, no cautivarán los ojos y los ánimos de las fieras. Los violentos jabalíes tienen la rapidez del relámpago en sus encorvados colmillos, y los leones son impetuosos y salvajes en su ira, y son una raza a la que odio». Al preguntarle Adonis la razón, «te lo contaré», dijo, «y te sorprenderás del prodigio que provocó este antiguo pecado. Pero este esfuerzo al que no estoy acostumbrada me ha fatigado, y he aquí que este chopo nos invita con su oportuna sombra, y el césped nos ofrece un lecho: me apetece descansar aquí contigo». Y se tendió en el suelo, recostándose sobre la hierba y sobre él, y con la cabeza apoyada sobre el pecho del joven, que yacía reclinado, dijo así, intercalando a veces besos entre sus palabras: