Metamorfosis

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«Tal vez hayas oído hablar de una que era capaz de vencer en la carrera a los hombres más veloces. Ese rumor no era ninguna fábula: realmente los superaba, y no habrías podido decir si se distinguía más por la valía de sus pies o por los méritos de su belleza[31]. El oráculo, al consultarle aquélla sobre el matrimonio, le respondió: “Tú no necesitas un marido, Atalanta. Evita la experiencia conyugal. Y, sin embargo, no podrás evitarla, y aunque viva te verás privada de ti misma”. Atemorizada por el responso del dios, habita, sin casarse, en oscuros bosques, y ahuyenta a la apremiante multitud de pretendientes imponiéndoles esta terrible condición: “Nadie me conseguirá”, dice, “si antes no me vence en la carrera. Competid conmigo con vuestros pies: el que sea veloz recibirá como premio esposa y matrimonio, los lentos pagarán con la muerte. Éstas serán las reglas de la competición”. Ella era cruel, sin duda, pero aun así (tanto es el poder de la belleza), una temeraria muchedumbre de pretendientes acudió aceptando las condiciones. Como espectador de la desigual carrera estaba sentado Hipómenes, que había dicho: “¿Es que hay alguien que esté dispuesto a buscar esposa a través de tantos peligros?”, y había criticado el exagerado amor de aquellos jóvenes. Pero cuando ella se quitó los velos y él pudo ver su rostro y su cuerpo, que era como el mío, o como el tuyo si fueras una mujer, se quedó pasmado, y alzando las manos exclamó. “¡Perdonadme, vosotros a los que he condenado hace un momento! Todavía no sabía cuál era el premio por el que vais a luchar”. Y mientras la alaba nace en él el deseo, y desea que ningún joven corra más deprisa que ella, y lleno de envidia se acongoja. “Pero ¿por qué voy a quedarme sin probar suerte en esta carrera?”, dice. “Los mismos dioses favorecen a los osados”.


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