Metamorfosis

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»Así cavilaba e, inexperta, al ser tocada por el deseo por primera vez no sabe lo que es, y ama, pero no sabe que es amor. El pueblo y su padre[33] reclamaban la habitual carrera, cuando Hipómenes, prole de Neptuno, me invocó con voz ansiosa: “¡Que la diosa de Citera me asista en mi empresa y favorezca la pasión que me ha infundido!”. Una brisa amable transportó hasta mí sus dulces ruegos, me conmoví, lo confieso, y el asunto no permitía demora. Hay un campo en la parte más bella de la tierra de Chipre que los habitantes del lugar llaman campo de Támaso: antiguamente había sido consagrado a mí por los ancianos, que ordenaron que fuera adjudicado a mi templo como regalo. En medio del campo brilla un árbol de dorada copa y doradas ramas crepitantes de oro. Casualmente volvía yo de allí llevando en la mano tres manzanas de oro que había recogido, y sin que nadie pudiera verme más que él, me acerqué a Hipómenes y le indiqué de qué forma debía utilizarlas. Las trompetas dan la señal, y ambos, agachados en la línea de salida, parten con un salto y tocan con raudo pie la superficie de la arena: dirías que podrían rozar el mar sin mojarse los pies, o correr sobre blancas mieses sin doblar las espigas. Los aplausos y el griterío alientan al joven, así como las palabras de quienes le gritan: “¡Ahora, ahora es cuando tienes que esforzarte, Hipómenes, corre! ¡Ahora tienes que emplear todas tus fuerzas! ¡No te retrases! ¡Vas a ganar!”. No se sabe si estas palabras alegran más al héroe de Mégara o a la hija de Esqueneo. ¡Cuántas veces frenó cuando ya podía adelantarle, y tras contemplar largo rato su rostro le dejó atrás contra su voluntad! De la boca fatigada salía un jadeo reseco, y la meta estaba aún lejos. Entonces, por fin, el descendiente de Neptuno tiró uno de los tres frutos del árbol. La virgen se sorprendió y, codiciando la brillante manzana, desvió su carrera y cogió el pomo de oro que rodaba. Hipómenes la adelanta: las tribunas resuenan con los aplausos. Con rápida carrera ella recupera el retraso y el tiempo perdido y vuelve a dejar al joven a su espalda; otra vez se retrasa cuando le lanza la segunda manzana, pero de nuevo alcanza al hombre y lo sobrepasa. Quedaba la última parte de la carrera. “¡Asísteme ahora, diosa, tú que me has hecho el regalo!”, dice, y con fuerza lanzó el brillante oro en diagonal hacia el borde de la pista, para que ella tardara más en regresar. La muchacha pareció dudar si ir a buscarlo o no: la obligué a coger la manzana, y cuando la hubo cogido aumenté su peso, retrasándola a la vez con el peso y con la demora. Para que mi relato no se haga más largo que la misma carrera: la virgen fue adelantada, y el vencedor se llevó su premio.


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