Metamorfosis
Metamorfosis »¿No me merecÃa, Adonis, que me diera las gracias y llevara incienso a mi altar? No se acordó ni de agradecérmelo ni de ofrecerme incienso. Una ira repentina se apoderó de mÃ, y dolida por ese desprecio, me aseguré de dar ejemplo para no ser despreciada en el futuro, instigándome a mà misma contra los dos. Estaban paseando al lado de un templo que, dedicado tiempo atrás a la madre de los dioses[34] por el ilustre Equión en cumplimiento de un voto, se encuentra en las profundidades de un frondoso bosque; entonces les induje a descansar del largo camino. AllÃ, incitado por mi poder, un intempestivo deseo de yacer con Atalanta se apoderó de Hipómenes. Cerca del templo habÃa un rincón apartado semejante a una cueva, hecho de pómez natural y consagrado a la antigua religión, donde el sacerdote habÃa reunido muchas estatuas de madera de antiguos dioses: allà penetra y profana el santuario con el acto prohibido. Las estatuas sagradas volvieron los ojos, y la Madre coronada de torres[35] dudó si debÃa sumergir a los culpables en las aguas estigias. Pero le pareció un castigo demasiado leve. Asà pues, he aquà que una melena rojiza recubre sus cuellos que eran lisos hace un momento, los dedos se curvan en zarpas, de los hombros nacen patas, todo el peso se desplaza hacia el pecho, y con la cola barren la arena. En su rostro se refleja la ira, en lugar de palabras emiten gruñidos, en lugar de casas habitan las selvas y, temibles para los demás leones, tascan con mansedumbre el freno del carro de Cibeles. Huye de ellos, amado mÃo, asà como de todas las fieras de este tipo que no presentan la espalda para huir, sino el pecho para luchar; ¡que tu valor no nos perjudique a los dos!».