Metamorfosis

Metamorfosis

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El rey berecintio[7] se marcha satisfecho y se alegra de su mal, y tocando una cosa tras otra pone a prueba la veracidad de la promesa. Casi sin poder creerlo él mismo, tiró de una verde rama que colgaba de una encina no muy alta: la rama se convirtió en oro; levantó una piedra del suelo: también la piedra palideció con el color del oro; tocó también un terrón de tierra: al poder de su tacto también el terrón se convierte en una sólida pepita; recogió unas espigas secas de trigo: fue una cosecha dorada; toma un fruto cogiéndolo de un árbol: creerías que se lo habían regalado las Hespérides[8]; si acerca los dedos a un alto poste, el poste se ve resplandecer. Hasta cuando se lavaba las manos con agua cristalina, el agua, al fluir de sus palmas, habría podido engañar a Dánae[9]. Él mismo no puede contener su emoción y se lo imagina ya todo de oro. Mientras así se alegra, los criados le sirven la mesa llenándola de manjares, entre los que no faltan cereales tostados; si coge con la mano los dones de Ceres, los dones de Ceres se endurecen; si intenta morder la comida con ávidos dientes, al contacto con sus dientes una lámina dorada recubre la comida; mezclaba con transparente agua al autor de su regalo[10]: podías ver líquido oro flotar en su boca. Estupefacto ante la inesperada desgracia, rico y pobre a la vez, desea escapar a la riqueza y odia lo que antes deseaba. La abundancia no apacigua en nada su hambre, la garganta arde reseca por la sed y, merecidamente, es torturado por el oro que ahora aborrece. Alzando al cielo las manos y los brazos refulgentes, exclamó: «¡Perdóname, padre Leneo! ¡He pecado, pero ten piedad, te lo suplico, y líbrame de esta brillante desgracia!».


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