Metamorfosis
Metamorfosis Pues bien, el Tmolo se yergue altísimo con escarpada pendiente, mirando hacia el mar, y extendiendo sus dos pendientes termina por un lado en Sardis, y por el otro en la pequeña Hipepas[12]. Allí Pan, cuando se jactaba ante las dulces ninfas de su música modulando una suave melodía con su flauta de cañas enceradas, se atrevió a menospreciar el canto de Apolo, considerándolo inferior al suyo propio, por lo que vino a medirse con él en desigual enfrentamiento, con el Tmolo como juez. El anciano juez tomó asiento en su montaña y liberó de árboles sus oídos; su azulada cabellera quedó ceñida tan sólo por ramas de encina, y las bellotas colgaban rodeando sus cóncavas sienes. Entonces, mirando al dios de los rebaños, dijo: «El juez está listo». Pan empieza a soplar en las agrestes cañas, y con su barbárica melodía fascina a Midas, que casualmente también se encontraba ante el cantor. Cuando Pan terminó, el sagrado Tmolo volvió su rostro hacia el de Febo: el bosque entero se volvió con su mirada. Apolo, con la rubia cabellera coronada de laurel del Parnaso, barría el suelo con un manto impregnado de púrpura de Tiro y sostenía en su mano izquierda la lira, incrustada de gemas y de marfil de la India; en la otra mano llevaba el plectro. Hasta la postura era la de un artista. Mientras tañe las cuerdas con experto pulgar, el Tmolo, cautivado por la dulzura de su sonido, ordena a Pan que someta las cañas a la lira. Todos aprueban el juicio y el veredicto del monte sagrado; sólo Midas protesta y considera injusta la decisión. Entonces el dios de Delos no consintió que aquellas necias orejas conservaran forma humana, e hizo que se estiraran en el aire, las llenó de vello blanquecino y las hizo móviles en la base, para que pudiese agitarlas. Todo lo demás es humano: el castigo recae en una sola parte de su cuerpo, y lleva las orejas de un asno de lento andar. Él, evidentemente, quiere ocultarlo, y avergonzándose de su deshonra trata de tapar sus sienes con tiaras purpúreas. Pero un criado, que con una cuchilla solía cortar sus cabellos cuando estaban largos, lo había visto. Como no se atrevía a revelar la deformidad que había descubierto, ansioso por divulgarla a los cuatro vientos e incapaz de contenerse, se alejó y cavó un hoyo en la tierra: allí refirió en voz baja, murmurando sobre la tierra que había sacado, cómo eran las orejas que le había visto a su amo. Luego, volviendo a echar la tierra encima, enterró sus delatoras palabras, y una vez recubierto el agujero se alejó sigilosamente. Pero en aquel lugar empezó a crecer un bosquecillo poblado de trémulas cañas que, cuando después de un año llegaron a su madurez, traicionaron al sembrador: en efecto, agitadas por el leve Austro divulgan las palabras enterradas, revelando el secreto de las orejas de su amo.