Metamorfosis
Metamorfosis Cuando con esta promesa le ha dado esperanzas sobre su regreso, ordena inmediatamente que saquen una nave de los astilleros y que la boten al mar, y que la armen con el armamento apropiado. Al verla, Alcíone volvió a estremecerse y a verter lágrimas; como presagiando el futuro, le dio un abrazo y, por fin, desconsolada, con voz triste le dijo «adiós», y su cuerpo se desplomó. Pero los jóvenes, aunque Ceix intentaba demorarse, dispuestos en dos filas tiran de los remos hacia sus robustos pechos y cortan el mar con golpes acompasados. Ella alza los ojos húmedos, ve a su marido, que de pie en la curvada popa le envía los primeros saludos agitando la mano, y le devuelve el gesto; cuando la orilla va quedando atrás y los ojos ya no pueden reconocer los rostros, sigue con la mirada, mientras puede, la quilla que se aleja; cuando ya no puede ver ni siquiera la quilla, ya demasiado lejana, sigue mirando la vela que ondea en el mástil; cuando ya no puede ver ni la vela, regresa acongojada a su aposento vacío y se deja caer en la cama. El lecho y el lugar renuevan las lágrimas de Alcíone, y le recuerdan al que está ausente.