Metamorfosis

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Ya habían salido del puerto y la brisa agitaba las jarcias; los marineros recogen los remos colgándolos de los flancos de la nave, izan los cabos de las vergas a lo alto del mástil, y despliegan todas las velas para que recojan el soplo del viento. Pero el bajel había recorrido menos de la mitad del mar, o por lo menos no más, y estaba lejos de una y otra costa, cuando por la noche el mar empezó a ponerse blanco de olas hinchadas, y el rápido Euro empezó a soplar con más fuerza. «¡Amainad deprisa las vergas más altas», grita el piloto, «y arriad toda la vela en las antenas!». Eso es lo que ordena, pero la tormenta que se les echa encima impide que se cumplan sus órdenes, y el fragor del mar no permite que se oigan las voces. No obstante, espontáneamente se apresuran algunos a subir los remos, otros a proteger los flancos, otros a sustraer la vela a los vientos; éste achica el agua y vuelve a verter el mar en el mar, aquél baja las vergas a toda prisa. Mientras todo esto se lleva a cabo sin orden la tempestad arrecia con furia, y los vientos combaten impetuosamente revolviendo el mar encolerizado. El mismo piloto está asustado, él mismo reconoce que no sabe cuál es el estado de la nave, ni qué debe ordenar o prohibir; tanta es la envergadura del peligro, y tanto puede más que la experiencia. En efecto, todo es un fragor: gritan los hombres, chirrían las jarcias, las olas chocan pesadamente contra otras olas, los truenos retumban en el cielo. El océano se eleva con sus olas y parece querer igualarse al cielo y tocar las nubes salpicándolas de espuma; unas veces, arrastrando la amarilla arena del fondo, se torna de su mismo color, otras es más negro que las aguas del Estigio, y a veces se allana y se torna blanco de fragorosa espuma. También la nave de Traquis es arrastrada con movimientos alternos, y tan pronto parece mirar desde la cima de un alto monte hacia los valles del abismo del Aqueronte, como, hundida entre cóncavas murallas de mar, parece alzar sus ojos desde las profundidades infernales hacia el cielo lejano. Muchas veces, golpeada en el flanco por una ola, resuena con ingente fragor y retumba como cuando un ariete de hierro o el tiro de una catapulta sacuden y quebrantan una muralla. Y como los feroces leones, tomando impulso con la carrera, se abalanzan con el pecho contra las armas y las lanzas que apuntan contra ellos, así las olas, impulsadas por las ráfagas de viento, se lanzaban contra las defensas de la nave, y eran mucho más altas que ellas. Y ya se desprenden las clavijas, y las grietas quedan al descubierto, despojadas de su capa de pez, dejando el camino abierto a las mortales oleadas. He aquí que las nubes se deshacen dejando caer una copiosa lluvia, y se diría que el cielo entero desciende sobre las aguas, y que el mar, hinchándose, asciende hasta las regiones del cielo. Las velas están empapadas de lluvia, y las aguas del océano se mezclan con las olas del cielo. No hay estrellas en el firmamento, y la noche se vuelve negra, oprimida por sus propias tinieblas y por las de la tormenta. Pero los relámpagos hienden esas tinieblas y lo iluminan todo con su resplandor. Las olas se encienden con el fuego de los relámpagos. Y ya alguna ola salta incluso dentro del cóncavo armazón de la nave; como cuando un soldado, más intrépido que todo un ejército, tras haber intentado una y otra vez escalar las murallas de una ciudad asediada logra por fin su propósito e, inflamado por el deseo de gloria, él sólo, entre mil, se apodera de los muros, así, después de que las olas hubieran sacudido nueve veces los altos costados, la décima ola, erigiéndose aún más colosal, se precipita impetuosa y no desiste en su asalto a la cansada nave hasta que consigue sobrepasar sus muros, y, por así decirlo, expugnarla. Entonces, mientras una parte del mar todavía intentaba invadir el barco, otra parte ya estaba dentro. Los hombres son presa del pánico, no menos de lo que es presa del pánico una ciudad cuando unos están abriendo una brecha desde fuera, mientras que otros ya se han apoderado de los muros y están dentro. La experiencia ya no sirve, los ánimos se vienen abajo y las olas que se abalanzan parecen otras tantas muertes que avanzan e irrumpen. Uno no puede contener las lágrimas, otro permanece aturdido, aquél llama benditos a los que recibirán una sepultura, éste hace votos a los dioses, y levantando inútilmente los brazos hacia un cielo que no puede ver, invoca su ayuda. Éste se acuerda de sus hermanos y de sus padres, aquél de los hijos y de la casa, y cada uno piensa en lo que ha abandonado.


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