Metamorfosis

Metamorfosis

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Hay, cerca del país de los Cimeros[39], una caverna en un lugar distante y apartado, una montaña hueca, morada y santuario del perezoso Sueño, a la que Febo[40], ya se levante, esté alto o se ponga, nunca puede llegar con sus rayos. De la tierra exhala una neblina tenebrosa junto con un incierto claror crepuscular. No vigila allí el ave de crestada cabeza y llama a la aurora con su canto, ni rompen el silencio con su voz los inquietos perros, o el ganso, más sagaz que los perros. Ni fieras, ni ganado, ni ramas agitadas por la brisa o el tumulto de voces humanas producen sonido alguno. Reina una muda quietud; sólo un riachuelo de agua del Leteo[41] brota de las entrañas de la roca, y sus aguas, fluyendo con un murmullo entre guijarros crepitantes, invitan al sueño. Ante las puertas de la cueva florecen abundantes amapolas e innumerables hierbas de cuyo jugo la noche extrae el sopor, que luego esparce, húmeda, sobre las tierras sumidas en la oscuridad. Ninguna puerta en toda la casa, para que no chirríe al girar las bisagras, ningún guardián en el umbral. En medio de la caverna, hay un elevado lecho de ébano con el colchón de plumas, todo del mismo color y cubierto por un oscuro ropón, sobre el que está tendido el dios en persona, con los miembros lánguidamente relajados. Por todas partes yacen a su alrededor, imitando distintas formas, los vacíos ensueños, tantos cuantas son las espigas de un campo de trigo, las hojas de un bosque, los granos de arena que el mar arroja a la playa.


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