Metamorfosis

Metamorfosis

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Cuando la virgen entró, apartando con ambas manos las sombras que le cerraban el paso, la sagrada morada se iluminó con el fulgor de sus ropas, y el dios, abriendo con dificultad los ojos vencidos por una perezosa pesadez, volviendo a caer una y otra vez, golpeándose el pecho con la barbilla que caía y recaía, por fin se sacudió a sí mismo de encima, e incorporándose sobre el codo le preguntó (pues la había reconocido) a qué había venido. Ella le respondió: «Oh Sueño, reposo de todas las cosas, Sueño, el más plácido de los dioses, paz del alma, rehuida por la aflicción, que alivias los cuerpos cansados por el duro trabajo y les das fuerzas para nuevas fatigas: ordena a un sueño de los que igualan con su imitación a las formas reales que se presente ante Alcíone, en la hercúlea Traquis, con la figura del rey, tomando el aspecto de un náufrago. Así lo ordena Juno». Tan pronto como hubo cumplido las órdenes, Iris se marchó; en efecto, ya no podía soportar por más tiempo la fuerza del sopor, y cuando sintió que el sueño se insinuaba en su cuerpo huyó de allí, regresando por el arco por el que acababa de llegar.






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