Metamorfosis
Metamorfosis Demoleonte ya no pudo soportar que Teseo gozara por más tiempo de su victoria en la lucha: ya hacía rato que intentaba desarraigar del suelo, con grandes esfuerzos, un viejo pino; al ver que no podía, quiebra la punta y la arroja contra su adversario. Pero Teseo se aparta esquivando el arma que se le viene encima, advertido por Palas; por lo menos, eso es lo que él quería hacernos creer. Pero el árbol no cayó sin fruto: en efecto, separa del cuello el pecho y el hombro izquierdo del alto Crántor. Aquél había sido escudero de tu padre, Aquiles; Amíntor, el rey de los Dólopes, derrotado en la guerra, se lo había entregado al Eácida[19] en prueba de paz y de lealtad. Cuando Peleo le vio desde lejos, despedazado por la tremenda herida, gritó: “¡Acepta, oh Crántor, amadísimo joven, esta ofrenda fúnebre!”, y arrojó contra Demoleonte, con el vigor de su brazo y también con la fuerza de la intención, su asta de fresno; ésta le atravesó la caja torácica y se quedó clavada en los huesos, vibrando. Él se arranca con la mano la madera sin la punta, y aun la madera sale con dificultad: la punta, en cambio, se queda atrapada en el pulmón. El mismo dolor le daba fuerzas: dolorido, se yergue contra el adversario y lo pisotea con sus pezuñas de caballo. Peleo para los sonoros golpes con el escudo y con el casco, se protege los hombros y sujeta fuerte las armas con la punta hacia arriba, hasta que, a través del hombro, atraviesa de un solo golpe los dos pechos del centauro. Pero antes ya había dado muerte a Flegreo y a Hile desde lejos, y a Ifinoo y a Clanis en combate cuerpo a cuerpo. A éstos hay que añadir a Dórilas, que llevaba las sienes cubiertas con una piel de lobo, y como arma cruel llevaba los curvados cuernos de un buey enrojecidos de abundante sangre. A éste yo, pues la cólera me daba fuerzas, le grité: “¡Mira en cuánto superan mis armas a tus cuernos!”, y arrojé mi jabalina: al no poder evitarla, se protegió con la diestra la frente que iba a recibir la herida. Atravesadas quedaron la frente y la mano; se levantó un griterío, y mientras permanecía inmóvil, vencido por la profunda herida, Peleo, que estaba ahí cerca, le hirió con la espada en medio del vientre. Fuera de sí avanzó de un salto, arrastrando sus vísceras por el suelo, y arrastrándolas las pisó, pisándolas las destrozó y enredó en ellas sus patas, y se desplomó sobre su vientre vacío.