Metamorfosis
Metamorfosis »Y tampoco a ti, Cílaro, te salvó en la batalla tu belleza, si es que queremos llamar belleza a la que tienen los seres de aquella naturaleza. La barba era incipiente, su color era dorado, y dorada era la melena que caía desde sus hombros hasta la mitad de sus patas. Su rostro tenía un agraciado vigor; el cuello, los hombros, las manos, el pecho, eran semejantes a las estatuas más loadas de los artistas, y así todo lo que era hombre; y por debajo, tampoco las formas de caballo eran deformes o inferiores en belleza. Dale cuello y cabeza, y habría sido digno de Cástor, tan apto era su lomo para la monta, tan robustos eran los músculos de su pecho. Todo él era más negro que la pez, pero la cola era blanca, y blanco era también el color de sus patas traseras. Muchas de su especie lo desearon, pero sólo Hilónome lo hizo suyo; Hilónome, la más hermosa hembra de la raza de los semianimales que habitó en los profundos bosques. Ésta fue la única que sedujo a Cílaro, mimándole, amándole y declarándole su amor; también con los cuidados del cuerpo, hasta donde miembros como aquéllos lo permiten: se alisa el cabello con el peine, enlaza guirnaldas de romero, de rosas o de violetas, y a veces se adorna con blancos lirios; dos veces al día lava su rostro en las fuentes que manan del monte en el bosque de Págasa, dos veces baña su cuerpo en el río, y no cuelga sobre el hombro o sobre el costado izquierdo más que pieles favorecedoras, de animales escogidos. Los dos sienten el mismo amor: juntos vagan por los montes, juntos entran en las grutas, y también entonces habían acudido juntos a la morada del rey de los Lapitas, y juntos luchaban con fiereza. No se sabe quién la lanzó: una jabalina llegó por el lado izquierdo, y te atravesó, Cílaro, más abajo del punto en que se unen el cuello y el pecho. Una vez extraída el arma, el corazón, aunque sólo tenía una pequeña herida, se enfrió a la vez que el resto del cuerpo. Hilónome corrió a sostener sus miembros moribundos, y tapando la herida con su mano trata de aliviarla, y acercando sus labios a los de él intenta retener al alma que se va; cuando vio que había muerto, con palabras que el griterío impidió llegar a mis oídos, se dejó caer sobre la lanza que le había atravesado a él, y muriendo estrechó a su esposo en un abrazo.