Metamorfosis
Metamorfosis Las troyanas recogen su cuerpo y recuerdan a todos los hijos de Príamo a los que han llorado, toda la sangre que una sola casa ha vertido. Y lloran por ti, virgen, y por ti, que hace poco eras la consorte real, que eras llamada madre de reyes, símbolo de la riqueza de Asia, y ahora eres una parte despreciable hasta en un botín, a quien el victorioso Ulises no querría como suya si no fuera porque pariste a Héctor. ¡A duras penas consigue Héctor un dueño para su madre! Abrazada al cuerpo ahora vacío de un alma tan fuerte, vierte también sobre ésta las lágrimas que tantas veces ha vertido por su patria, por sus hijos, por su esposo; derrama sus lágrimas sobre la herida y cubre de besos su boca, golpea su pecho, ya acostumbrado, y arrastrando sus canas sobre la sangre coagulada, con el pecho desgarrado, dice muchas cosas, y entre ellas, éstas: «Hija, último dolor de tu madre (¿pues qué más me queda?), hija, tú yaces y yo veo tu herida, que es mi herida también. Así es: para que no perdiera a ninguno de los míos sin una muerte violenta, también tú llevas una herida. Pero a ti, al ser mujer, yo te creía a salvo del hierro; sin embargo, también tú, aunque mujer, has muerto bajo el hierro. El mismo que mató a todos tus hermanos, Aquiles, ruina de Troya y asesino de los míos, es el mismo que te ha matado a ti. Y sin embargo, cuando fue alcanzado por la flecha de Paris y de Febo dije: “Ahora, por lo menos, ya no hay que temer a Aquiles”. ¡También ahora debí haberle temido! ¡Hasta convertido en cenizas y sepultado se ensaña contra esta familia, hasta desde el túmulo hemos sentido su enemistad! ¡Para el Eácida[37] he sido yo fecunda! La gran Ilión yace arrasada, con una enorme catástrofe ha llegado a su fin la ruina de un pueblo, pero por lo menos ha acabado; sólo para mí Pérgamo sigue existiendo, y mi dolor aún no ha cesado. Yo, que era hasta hace poco la más poderosa, engrandecida por tantos yernos, hijos y nueras, y por mi marido, ahora soy arrastrada al exilio, pobre, arrancada de los túmulos de los míos, como regalo para Penélope, que me señalará a las matronas de Ítaca mientras hilo la lana que me habrá asignado, y dirá: “Ésta es la famosa, la ilustre madre de Héctor, ésta es la esposa de Príamo”. Tras haberlos perdido a todos, ahora tú, la única que aliviabas mi luto de madre, has sido sacrificada al alma de un enemigo. ¡He parido ofrendas fúnebres para un enemigo! ¿Por qué resisto, dura como el hierro? ¿Para qué sigo viviendo? ¿Para qué me reservas, añosa vejez? ¿Con qué fin, oh dioses crueles, mantenéis en vida a una anciana que ha vivido demasiado, si no es para que vea otros lutos? ¡Quién iba a decir que a Príamo se le habría llamado feliz tras la destrucción de Pérgamo! Pues él es feliz porque ha muerto: él no te ha visto asesinada, hija mía, y a la vez perdió el reino y la vida. Seguro que se te concederán honores fúnebres, joven princesa, y que tu cuerpo será enterrado en la tumba de tus antepasados. Pero no es ésta la suerte de nuestra casa: tus ofrendas serán el llanto de tu madre y un puñado de arena extranjera. Todo lo he perdido. Sólo me queda, como razón para soportar la vida un poco más, un hijo, queridísimo para mí, que era el menor de mis hijos varones: Polidoro, entregado en estas mismas costas al rey del Ismaro[38]. ¿Pero a qué espero mientras tanto a lavar con agua la cruel herida y el rostro cruelmente salpicado de sangre?».