Metamorfosis
Metamorfosis Así dijo, y se dirigió hacia la orilla con su paso senil, desgarrándose los blancos cabellos. «Dadme una vasija, troyanas», había pedido la infeliz, para coger las aguas transparentes; entonces ve el cuerpo de Polidoro tirado en la orilla, y las tremendas heridas causadas por las armas tracias. Las troyanas gritan. Ella enmudece de dolor, y el dolor mismo le devora por dentro la voz y las lágrimas que afloran. Semejante en todo a una dura piedra, se queda inmóvil, y ora fija con la mirada la tierra bajo sus ojos, ora levanta hacia el cielo una torva mirada, ora observa el rostro de su hijo tendido, ora las heridas, pero sobre todo las heridas, y se arma y se carga de ira. Cuando se hubo enardecido con la cólera, como si siguiera siendo reina, decidió vengarse, y toda su mente se volvió a meditar el castigo. Como se enfurece una leona a la que han arrebatado un cachorro lactante, y tras encontrar las huellas de los pies persigue a un enemigo al que no ve, así Hécuba, cuando la ira se hubo mezclado al dolor, sin olvidar su fiereza pero olvidando sus años, va a ver a Polimnéstor, autor del sangriento crimen, y pide una entrevista con él, pues desea mostrarle un tesoro que aún queda oculto para que se lo entregue a su hijo. El tracio la cree y, con su acostumbrada codicia por el botín, acude al encuentro secreto. Entonces, astutamente, le dice con dulces palabras: «Olvida tus dudas, Hécuba, entrégame el regalo para tu hijo. Te juro por los dioses que lo que me das ahora, como lo que me diste antes, será todo para él». Ella lo observa con aire feroz mientras habla y jura en falso, y se enciende de creciente ira; y así, agarrándolo, llama a la turba de las cautivas, y hunde los dedos en sus pérfidos ojos y se los arranca de las mejillas (la ira la hace arrojada), y hunde sus manos manchadas de sangre culpable y excava, no en los ojos, pues nada queda ya de ellos, sino en el lugar de los ojos. Las gentes de Tracia, encolerizadas por el asesinato de su tirano, empezaron a atacar a la troyana arrojándole armas y piedras; pero ella, con un ronco gruñido, persigue las piedras que le lanzan intentando morderlas, y con las fauces preparadas para decir palabras, cuando intentaba hablar ladró. Aquel lugar es un lugar elevado, y ha tomado su nombre de aquel suceso[39]. En cuanto a ella, durante mucho tiempo siguió aullando triste por los campos de Tracia, recordando las pasadas desgracias. Su suerte conmovió a sus compatriotas troyanos y a sus enemigos pelasgos, y conmovió también a los dioses: hasta tal punto los conmovió a todos, que la misma esposa y hermana de Júpiter reconoció que Hécuba no merecía tal fin.