Metamorfosis
Metamorfosis Mientras recorre el pavoroso camino a través de una oscuridad crepuscular, dice: «Tanto si eres una diosa de verdad como si eres una elegida de los dioses, para mí siempre serás como una divinidad, y reconoceré que estoy en deuda contigo, que me has permitido descender al país de la muerte y, tras verlo, huir del país de la muerte. Por estos favores, cuando haya regresado al aire libre, bajo el cielo, te construiré un templo y te honraré con incienso». La profetisa le miró, y suspirando profundamente le dijo: «Ni soy una diosa ni debes dignar a un ser humano con el honor del sagrado incienso. Y para que no cometas un error en tu ignorancia, a mí me habría sido concedida luz eterna e imperecedera si mi virginidad se hubiese abierto a Febo, que estaba enamorado de mí. Pero él, con la esperanza de conseguirlo, con el anhelo de corromperme con sus regalos, me dijo: “Expresa un deseo, virgen cumana: lo que desees lo tendrás”. Yo le mostré un puñado de polvo y le pedí, insensata, que me concediera tantos años cuantos granos de polvo había; en el momento no se me ocurrió pedirle que fuesen también años de juventud. De todas formas, él me habría concedido también la eterna juventud si le hubiese abierto mi amor. Al haber despreciado la oferta de Febo me he quedado soltera; pero la edad más bella ya me ha vuelto la espalda, y con paso tembloroso avanza la penosa vejez, que tendré que soportar mucho tiempo todavía. En efecto, como ves, ya he cumplido siete siglos; para igualar el número de los granos de polvo todavía tengo que ver las mieses de trescientos veranos y el mosto de trescientos otoños. Llegará un día en que la larga existencia hará pequeño todo este cuerpo, y mis miembros consumidos por la vejez serán reducidos a una carga mínima. No parecerá que un día fui amada y que le gusté incluso a un dios; probablemente, ni siquiera el mismo Febo podrá reconocerme, o negará haberme deseado. Hasta ese punto llegará mi transformación; sin embargo, cuando ya para todos sea invisible, todavía se me podrá reconocer por la voz; la voz, los hados me la dejarán». Mientras la Sibila rememoraba estas cosas por el empinado camino, el troyano Eneas emerge desde la sede estigia a la ciudad euboica[15]. Ofrecidos, según la costumbre, unos sacrificios propiciatorios, llega a la playa que aún no llevaba el nombre de su nodriza[16].