Metamorfosis
Metamorfosis Allí también se había detenido, tras los afanes de largas peripecias, Macareo de Nérito, compañero del ingenioso Ulises. Y he aquí que reconoce a Aqueménides, que tiempo atrás había sido abandonado entre las rocas del Etna, y sorprendido de encontrarlo inesperadamente vivo, le dice: «¿Qué casualidad o qué dios te ha salvado, Aqueménides? ¿Por qué viaja un griego en una nave bárbara? ¿A qué país se dirige vuestro barco?». Ante tales preguntas, Aqueménides, ya sin su tosco atavío, ya dueño de sí mismo, con ropas que ya no iban cosidas con espinas, le responde: «Que vuelva a ver a Polifemo y aquellas fauces chorreantes de sangre humana si este navío no es más querido para mí que mi casa de Ítaca, y si venero a Eneas menos que a un padre. Aunque tuviera ocasión de hacerlo todo por él, nunca le estaría lo bastante agradecido. Si ahora estoy hablando, y respiro, y veo el brillo del sol, ¿podría acaso mostrarme desagradecido y olvidar? Gracias a él esta alma no acabó en la boca del Cíclope, y si ahora abandonara yo la luz de la vida estaría sepultado en una tumba o, en cualquier caso, no en aquel vientre. ¿Cuáles crees que fueron mis pensamientos, si es que el miedo no me había anulado por completo los pensamientos y el sentido, cuando os vi dirigiros hacia alta mar dejándome abandonado? Quise gritar, pero tuve miedo de descubrirme al enemigo; también los gritos de Ulises estuvieron a punto de provocar la destrucción de vuestro barco. Vi cuando, arrancando de un monte una peña descomunal, la arrojó en medio de las olas; también le vi cuando lanzaba con su brazo gigantesco enormes piedras que parecían impelidas por la fuerza de una catapulta, y temí que el oleaje o el viento hicieran zozobrar la nave, olvidándome ya de que yo no estaba en ella. Por fin, cuando la huida os libró de una muerte atroz, pues bien, él va deambulando por todo el Etna, tantea los bosques con las manos, ciego de su ojo tropieza contra las rocas, y tendiendo hacia el mar los brazos manchados de sangre maldice al pueblo aqueo, y dice: “¡Oh, si la casualidad volviera a traer ante mí a Ulises o a alguno de sus compañeros para que pudiera desahogar mi cólera, para que pudiera devorar sus entrañas, para que pudiera desgarrar su cuerpo con mis propias manos, que su sangre corriera por mi garganta y sus miembros hechos pedazos palpitaran entre mis dientes, entonces qué insignificante, qué pequeño sería el daño de haber perdido mi ojo!”. Furioso, decía éstas y más cosas. Yo estoy lívido, el terror me invade mientras observo su rostro aún ensangrentado por la matanza, sus manos crueles y la órbita vacía de su ojo, y sus miembros, y la barba incrustada de grumos de sangre coagulada. Tenía la muerte ante los ojos, y, sin embargo, la muerte era el menor de los males. Y ya me parecía que me atrapaba y que hundía mis vísceras en las suyas; tenía clavada en mi mente la escena de aquella vez cuando le vi golpear contra el suelo tres y cuatro veces los cuerpos de dos de mis compañeros, y cuando recostándose encima, igual que un león de hirsuta melena, encerraba en su voraz vientre las entrañas, las carnes, los huesos con su blanca médula y los miembros todavía medio vivos. Me puse a temblar: estaba paralizado, pálido, abatido, y viendo cómo masticaba y cómo se le caía de la boca comida ensangrentada y vomitaba bocados amasados con vino, me imaginaba que también a mí, desdichado, me esperaba ese mismo final. Durante muchos días permanecí escondido, estremeciéndome con cada ruido, temiendo la muerte y a la vez deseando morir, ahuyentando el hambre con bellotas y hierbas acompañadas de hojas, solo, sin recursos, sin esperanzas, abandonado a la muerte y al sufrimiento; hasta que tras largo tiempo divisé a lo lejos esta nave, les rogué con gestos que me sacaran de allí, corrí a la playa, y se apiadaron de mí: y un navío troyano tomó a bordo a un griego. Pero ahora cuéntame tú también, queridísimo compañero, cuáles han sido las vicisitudes del jefe y del resto del grupo que junto a ti se confió a las aguas».