Metamorfosis
Metamorfosis Él le habla de Eolo, que reina sobre el profundo mar Tirreno; Eolo, hijo de Hipotas, que refrena a los vientos encerrándolos en una cárcel; de cómo el jefe duliquio[17] recibió dichos vientos, memorable regalo, encerrados en una piel de buey, y con su soplo favorable navegó nueve días y llegó a avistar la tierra deseada. Y de cómo después del noveno día, cuando surgió la siguiente aurora, los compañeros, sucumbiendo a la envidia y a la codicia y creyendo que se trataba de oro, soltaron las ataduras que contenían a los vientos; con ellos la nave volvió hacia atrás por las mismas aguas por las que acababa de venir, y regresó al puerto del rey de las Eolias. «Desde allí», prosigue, «llegamos a la antigua ciudad de Lamo el Lestrigón[18]: Antífates reinaba en aquellas tierras. Yo fui enviado a su presencia acompañado de otros dos hombres, y a duras penas uno de mis compañeros y yo pudimos ponernos a salvo con la huida; el tercero de nosotros tiñó con su sangre la impía boca del Lestrigón. Mientras huimos, Antífates nos persigue de cerca y nos echa encima al ejército: todos juntos nos arrojan rocas y troncos, y mandan a pique hombres y barcos. Un barco, sin embargo, el que llevaba a Ulises y me llevaba a mí, consigue escapar. Afligidos por haber perdido una parte de nuestros compañeros, tras muchos lamentos atracamos en aquellas tierras que puedes ver allí a lo lejos. Créeme, de lejos es como hay que ver la isla que yo he visto; y tú, el más justo de los troyanos, hijo de diosa (pues ya, acabada la guerra, no tengo por qué llamarte enemigo, oh Eneas), hazme caso: ¡aléjate de las costas de Circe! También nosotros, cuando hubimos amarrado la nave frente a sus playas, nos negábamos a ir y a entrar bajo un techo desconocido, pues nos acordábamos de Antífates y del salvaje Cíclope. Fuimos elegidos a suerte, y la suerte nos envió a la morada de Circe a mí, al fiel Polites, a Euríloco, a Elpénor, inmoderado en el vino, y a otros dieciocho compañeros. Tan pronto como llegamos allí y nos quedamos parados en el umbral del palacio, mil lobos y, mezclados con los lobos, osos y leonas nos asustaron viniendo hacia nosotros; pero no teníamos nada que temer, ninguno habría hecho una sola herida en nuestros cuerpos; al contrario, moviendo amistosamente la cola en el aire acompañan nuestros pasos, mimosos, hasta que las criadas nos reciben y nos conducen hasta su señora a través de una sala revestida de mármol.