Metamorfosis

Metamorfosis

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»Ella está sentada en una bella habitación, sobre un solemne trono; viste una túnica brillante y se envuelve en un manto dorado. Hay junto a ella ninfas y nereidas, que no hilan copos de lana con el movimiento de sus dedos ni estiran sus hilos: clasifican hierbas y ordenan en cestillos flores esparcidas en desorden y tallos de diferentes colores. Ella misma examina la labor que éstas realizan, ella sabe qué utilidad tiene cada hoja y cuál es la armonía de las mezclas y controla atentamente las dosificaciones. Tan pronto como nos vio, dichas y recibidas palabras de saludo, distendió el rostro y nos trató según nuestros deseos. Sin tardanza ordena preparar una mezcla de granos tostados de cebada, miel y vino puro con leche tratada con cuajo, y le añade a escondidas jugos que no se notan bajo todo ese dulzor. Nosotros aceptamos las tazas que nos ofrece su diestra sagrada. Tan pronto como las vaciamos, pues estábamos sedientos y con la boca seca, y la terrible diosa rozó con una varita nuestros cabellos (me avergüenza, pero lo diré), empecé a cubrirme de cerdas hirsutas, a no poder hablar más, a emitir roncos gruñidos en vez de palabras y a inclinarme hacia adelante, con toda la cara hacia al suelo; sentí que mi rostro se endurecía en un chato hocico calloso y que mi cuello se hinchaba de músculos, y con los miembros con los que poco antes había tomado la taza, con ellos imprimí mis huellas en el suelo. Junto con los demás, a quienes les había ocurrido lo mismo (¡tanto es el poder de las pociones!), fui encerrado en una pocilga; sólo Euríloco, según vimos, se libró de la figura de cerdo; sólo él había rechazado la taza que le había sido ofrecida. Si no la hubiese evitado, ahora yo todavía seguiría formando parte de la hirsuta piara, pues Ulises no habría sido informado por él de esa gran desgracia y no habría venido a la morada de Circe para salvarnos. El dios del Cilene[19], que trae la paz, le había entregado una flor blanca: los dioses la llaman moly; se sostiene sobre una negra raíz. Protegido por ella y también por los consejos celestiales, Ulises entra en la casa de Circe. Invitado a beber de la insidiosa taza, cuando Circe intentaba rozarle con la varita la detuvo, y empuñando la espada la asustó y la hizo desistir. Luego, cuando ella le hubo dado su palabra y su diestra, fue acogido por Circe en su tálamo conyugal, y pidió como dote los cuerpos de sus compañeros. Somos rociados con los jugos de una hierba más benigna, nos tocan en la cabeza con el extremo opuesto de la varita, se pronuncian palabras contrarias a las pronunciadas anteriormente: a medida que ella va cantando los conjuros, nosotros nos vamos irguiendo, nos levantamos del suelo, caen las cerdas, desaparece la hendidura de las pezuñas bifurcadas, vuelven los hombros, y bajo los brazos están los antebrazos. Le abrazamos mientras, llora, llorando nosotros mismos, nos echamos al cuello de nuestro jefe, y nuestras primeras palabras no fueron sino para testimoniarle nuestra gratitud. Allí nos detuvimos durante un año, y durante ese largo tiempo muchas fueron las cosas que presencié yo mismo y muchas las que llegaron a mis oídos, y entre muchas otras también ésta, que me contó en secreto una de las cuatro siervas dedicadas a dichos ritos. En efecto, mientras Circe se entretenía a solas con mi jefe, ella me mostró la estatua de blanco mármol de un joven que llevaba sobre la cabeza un pájaro carpintero, que se hallaba en una capilla sagrada y estaba adornada con muchas guirnaldas. Ante mis preguntas y mi deseo de saber quién era, por qué razón se le veneraba en una capilla y por qué llevaba ese pájaro, ella me dijo: “Escucha, Macareo, y aprende también de esto cuánto es el poder de mi ama. Presta atención a mis palabras:


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