Metamorfosis
Metamorfosis ”Pico, hijo de Saturno, era un rey de las tierras de Ausonia, aficionado a los caballos que sirven para la batalla. Su aspecto era tal cual le estás viendo: tú mismo puedes apreciar su belleza y juzgar por esta imagen falsa cuál fue la verdadera. Su naturaleza era igual a su belleza, y todavía no había llegado a ver cuatro veces los juegos que cada cinco años se celebran en Grecia, en la Élide[20]. En él habían puesto sus ojos las dríades nacidas en los montes del Lacio, a él le deseaban las divinidades de las fuentes, las náyades que habitaban en el Álbula, en el Numicio, en el Anio y en el Almón de brevísimo curso, o en el impetuoso Nar y en el Fárfaro de negra corriente, y las que viven en el boscoso reino de Diana Escitia y en el lago limítrofe[21]. Pero él, despreciándolas a todas, ama sólo a una ninfa, aquella que, según se dice, un día dio a luz Venilia para el jónico Jano[22] en el monte Palatino. Tan pronto como llegó a la edad de casarse fue entregada al laurentino[23] Pico, que fue preferido a todos los demás; su belleza era sin duda excepcional, pero aún más excepcional era el arte con que cantaba, por lo que la llamaban Canente. Con su canto solía conmover a los bosques y a las piedras, amansar a las fieras, detener a los largos ríos y retener a los pájaros viajeros. Un día, mientras ella entonaba un canto con su femínea voz, Pico había salido de la casa y se había dirigido a los campos de Laurentio a cazar los jabalíes de la región; montaba a la grupa de un fogoso caballo, y llevaba dos jabalinas en su izquierda y una clámide purpúrea sujeta por un broche de amarillo oro. La hija del Sol, abandonando los campos que por su nombre son llamados circeos, también se había dirigido a ese mismo bosque con la intención de recoger nuevas hierbas en esos frondosos montes. Cuando vio al joven, oculta tras unos arbustos, se quedó pasmada: las hierbas que había recogido se le cayeron de las manos, y le pareció que una llama la recorría por toda la médula. Cuando su mente se recuperó de tan violenta turbación quiso decirle cuánto le deseaba, pero la velocidad del caballo y la presencia a su alrededor de los hombres de su séquito le impidieron acercarse. ‘Pero no podrás huir’, dijo, ‘ni aunque te lleve el viento, si es que me conozco, si no se ha desvanecido todo el poder de las hierbas, y si mis conjuros no me fallan’. Así dijo, y creando la imagen incorpórea de un falso jabalí, hizo que pasara corriendo ante los ojos del rey, y que pareciera que se metía en una parte muy espesa del bosque, donde la vegetación es más densa y el caballo no puede penetrar. Pico, sin saberlo, se lanza inmediatamente tras el fantasma de su presa, salta veloz del dorso de su espumeante cabalgadura, y persiguiendo una vana esperanza se encamina a pie por el profundo bosque. Ella recita unas oraciones y pronuncia fórmulas de brujería, y adora a dioses desconocidos con desconocidos cantos, los mismos con los que suele ofuscar el rostro de la blanca luna y correr una cortina de nubes impregnadas de agua ante la cara de su padre. También en aquella ocasión, cuando ella hubo entonado su canto el cielo se oscureció y una niebla se desprendió de la tierra, los compañeros siguieron vagando sin rumbo por oscuros caminos y el rey se quedó sin escolta. Tras encontrar el lugar y el momento oportuno, le dijo: ‘¡Oh, por esos ojos tuyos que me han cautivado, por esta belleza, oh hermosísimo, que hace que yo, una diosa, me dirija a ti suplicante, ten consideración por este ardor que siento y acepta como suegro al Sol, que todo lo ve, y no desprecies con crueldad a Circe la titánide!’. Así dijo; él, despiadado, la rechaza a ella y a sus súplicas, y contesta: ‘Quienquiera que seas, yo no soy tuyo. Hay otra que me tiene cautivo, y ruego a los dioses que así siga siendo por mucho tiempo. Mientras los hados me conserven a Canente, hija de Jano, no violaré con un amor extraño el pacto conyugal que me une a ella’. Tras haber intentado conmoverle, inútilmente, una y otra vez, Circe dijo: ‘¡No saldrás impune de esto y no volverás a ver a Canente! ¡Aprenderás con hechos de qué es capaz una que está ofendida, que está enamorada y que es mujer, y Circe es una mujer, está enamorada y está ofendida!’. Entonces, dos veces se volvió hacia el poniente y dos hacia levante, tocó tres veces al joven con su vara y pronunció tres conjuros. Él huye, pero se asombra al ver que corre más deprisa de lo acostumbrado; ve plumas sobre su cuerpo, e indignado por tener que habitar, así de repente, en los bosques del Lacio, convertido en ave nueva, agujerea los agrestes robles con su duro pico y abre heridas, airado, en las largas ramas. El plumaje toma el color púrpura de la clámide; lo que había sido la fíbula de oro que mordía su túnica se convierte en pluma, y de rubio oro queda ensortijado su cuello; nada sino el nombre conserva Pico de lo que era antes.