Metamorfosis
Metamorfosis »Así es, yo me inclino a creer que nada conserva por mucho tiempo el mismo aspecto: así vosotras, edades del mundo, del oro llegasteis al hierro, y así también ha cambiado tantas veces la suerte de los lugares. Yo he visto ser mar lo que antes era solidísima tierra, y he visto tierras que han nacido del mar; lejos del mar se han desenterrado conchas marinas, y en las cumbres de las montañas han encontrado antiguas anclas. Lo que antes era un campo el descenso de las aguas lo ha convertido en un valle, montes enteros han sido arrastrados al mar por las inundaciones, y la tierra que era pantanosa es un desierto de áridas arenas, mientras que zonas que estaban sedientas están impregnadas del agua estancada de los pantanos. Aquí la naturaleza ha hecho surgir nuevos manantiales, allí los ha cerrado, y los ríos, o bien brotan removidos por los temblores de las profundidades de la tierra, o bien se detienen, obstruidos. Así el Lico[9], tragado por una vorágine del terreno, reaparece lejos de allí, y vuelve a nacer de otra boca; así el gran Erasino[10], primero es absorbido, y luego, tras fluir con su corriente bajo tierra, vuelve a aparecer en los campos de Argos. Y dicen que el Caíco de Misia se arrepintió de su manantial y de sus anteriores orillas, y ahora sigue otro recorrido. Y el Amenano, que arrastra las arenas de Sicilia, unas veces fluye y otras, al ahogarse sus fuentes, se seca. Antes se podía beber; ahora el Anigro[11] lleva unas aguas que harás bien en no tocar, después de que los centauros (si no hemos de quitarle toda la fe a los poetas) lavaran allí las heridas que les había hecho el arco de Hércules, portador de la clava. ¿Y qué? ¿Acaso el Hípanis nacido en las montañas de Escitia, que era dulce, no está ahora contaminado por amarga sal? Antisa[12], Faros[13] y la fenicia Tiro estaban bañadas por las aguas, y ahora ninguna de ellas es una isla. Los antiguos habitantes vivían en una Léucade[14] pegada a la tierra firme; ahora la rodea el océano. Se dice que también Zancle[15] estuvo unida al continente, hasta que el mar se llevó las tierras que servían de confín, e introduciéndose en medio con sus olas separó las costas. Si buscas Hélice y Buris, ciudades de Acaya, las encontrarás bajo el agua: los marineros todavía acostumbran a enseñar las fortalezas derrumbadas con sus murallas sumergidas. Cerca de la Trecén de Piteo hay un túmulo escarpado, sin árboles, que tiempo atrás fue una llanura completamente plana, y hoy es un túmulo; en efecto (cosa espeluznante de relatar), la impetuosa violencia de los vientos, apresada en cuevas sin salida, ansiosa por escapar por algún lugar y tras haber luchado en vano por gozar del espacio más libre del cielo, al no haber ni una rendija en toda esa cárcel ni vía alguna por la que dar salida a su soplo, hinchó la tierra tensando su superficie, de la misma manera que la boca, al soplar, infla un saco hecho con la vejiga o con la piel de un bicorne macho cabrío. El lugar conservó la hinchazón y tiene la forma de un alto monte, que se ha endurecido con el tiempo. Aunque se me ocurren muchos ejemplos que he conocido o que he oído decir, sólo añadiré unos pocos más. ¿Y qué? ¿Acaso el agua no da y no toma también nuevas figuras? Durante el día, bicorne Amón[16], tus olas están heladas, mientras que al alba y al anochecer se calientan. Cuentan que cuando el disco de la luna se reduce al mínimo los Atamanes[17] prenden fuego a la madera echándole agua. Los Cícones[18] tienen un río que, si se bebe en él, transforma las entrañas en piedra, así como recubre de piedra las cosas que toca. El Cratis y el Síbaris, aquí cerca, que limita con nuestros campos, vuelven los cabellos parecidos al electro y al oro. Y lo que es aún más asombroso, hay líquidos que no sólo son capaces de cambiar el cuerpo, sino también el espíritu. ¿Quién no ha oído hablar de Sálmacis[19], de siniestras aguas, o de los lagos de Etiopía? Cualquiera que llene su boca en ellos o bien enloquece o bien es presa de un asombroso y profundo sopor. Cualquiera que haya saciado su sed en la fuente de Clítor[20] rehúye el vino y se complace, abstemio, del agua pura, bien porque haya en dichas aguas una fuerza contraria al cálido vino, bien porque, como recuerdan las gentes del lugar, el hijo de Amitaón[21], tras haber liberado de la locura a las enajenadas hijas de Preto con hierbas y con conjuros, vertiera en aquellas aguas el líquido con el que había purificado sus mentes, y el odio hacia el vino permaneció en las aguas. Con efecto contrario a éste fluye el río de la Lincéstide[22]; cualquiera que haya tomado de él un sorbo un poco abundante se tambaleará como si hubiese bebido vino puro. Hay un lago en Arcadia, que los antiguos llamaron Feneo, del que se desconfía por sus aguas sospechosas, que harás bien en temer durante la noche: bebidas por la noche son perjudiciales, en cambio de día se pueden beber sin daño alguno. Así, ríos y lagos pueden poseer los más variados poderes. Y hubo un tiempo en que Ortigia[23] navegó sobre las olas; hoy está fija. La Argos temió a las Simplégadas salpicadas por los choques de las olas que se estrellaban sobre ellas, mientras que ahora permanecen inmóviles y ofrecen resistencia a los vientos. Tampoco el Etna, que arde por sus cráteres sulfúreos, será siempre de fuego; de hecho no siempre lo fue. En efecto, o bien la tierra es un animal, y está viva, y tiene respiraderos que exhalan llamas en muchos lugares, y puede cambiar las vías por las que respira, y cada vez que se mueve puede cerrar estas cavernas y abrir otras; o bien hay vientos veloces apresados en los recesos más profundos que hacen chocar piedras contra piedras y sustancias que contienen las semillas del fuego, y éstas se incendian con el frotamiento, de forma que cuando los vientos se calman las cavernas vuelven a quedarse frías. O tal vez sean sustancias bituminosas las que se prenden, o sea amarillo azufre el que arde con escaso humo; en este caso, cuando la tierra, una vez consumidas estas energías en el curso de los siglos, deje de proporcionar comida y pingüe alimento a las llamas, la naturaleza voraz se verá privada de su sustento, no podrá soportar el hambre y, abandonada, abandonará al fuego.