Metamorfosis
Metamorfosis Apenas habÃa acabado de hablar cuando Faetón le pidió su carro, y poder guiar y dirigir durante un dÃa los caballos de pies alados[7]. Se arrepintió entonces su padre de haber jurado, y sacudiendo tres y cuatro veces su noble cabeza le dijo: «Tus palabras hacen imprudentes a las mÃas. ¡Ojalá se pudiera no dar lo que se ha prometido! Te confieso, hijo, que ésa es precisamente la única cosa que te negarÃa. Pero, por lo menos, sà puedo intentar disuadirte. Tu deseo es peligroso: me pides, Faetón, algo muy grande, una carga que no es apropiada ni para tus fuerzas ni para tu tierna edad. Tu destino es mortal, y no es propio de mortales lo que pides. Sin saberlo, ansÃas más de lo que pueden alcanzar los mismos dioses; que cada uno se conforme con lo que le está permitido: nadie, salvo yo, es capaz de guiar el carro de fuego. Ni siquiera el rey del vasto Olimpo, que lanza con su poderosa diestra los fieros rayos, podrÃa conducir este carro: ¿y quién hay más grande que Júpiter? La primera parte del camino es una cuesta tan empinada que los mismos caballos la suben con esfuerzo, a pesar de que están aún frescos por la mañana; la parte intermedia está muy alta en el cielo, tanto que muchas veces a mà mismo me da miedo mirar hacia el mar y hacia la tierra, y el temor agita mi corazón; la última parte es una abrupta pendiente en la que es necesario guiar a los caballos con mano firme: de hecho, la misma Tetis[8], que allà me acoge entre las aguas que se extienden debajo de mÃ, teme muchas veces que me precipite al abismo. Añádele también a esto que el cielo es arrastrado en un perpetuo vórtice, y gira en veloz espiral llevando consigo a las estrellas en las alturas. Yo me abro camino contra esa fuerza que a todos supera menos a mÃ, y avanzo en dirección contraria a su rápida rotación. Supongamos que te he dado el carro: ¿qué harás? ¿Podrás avanzar contra la rotación de los polos y no te arrastrará el eje de la Tierra en su velocidad? ¿O es que crees que allà hay bosques y ciudades habitadas por los dioses, y templos repletos de ofrendas? El camino discurre entre insidias y espectros de animales feroces; aunque no te salgas del camino y no cometas ningún error, tendrás que pasar entre los cuernos del hostil Toro, entre el arco del Hemonio y las terribles fauces del feroz León; entre el Escorpión, que tiende sus pinzas en amplia curva en una dirección, y el Cangrejo[9], que lo hace en la otra. Tampoco te será fácil controlar a los fogosos caballos, enardecidos por las llamas que llevan en el pecho y que exhalan por la boca y por los ollares: apenas me toleran a mà cuando su ánimo impetuoso está excitado, y su cuello se rebela a las riendas. Asà que, hijo, ¡sé cauto! ¡No me obligues a hacerte un regalo mortal, y cambia tu deseo mientras todavÃa estamos a tiempo! ¿Acaso lo que me pides no es precisamente una prueba segura que te demuestre que desciendes de mi sangre? La prueba evidente es mi miedo, mi temor paternal demuestra que soy tu padre. ¡Mira mi rostro! ¡Ojalá pudieras entrar con tus ojos también en mi pecho y ver la paterna ansiedad que lo ocupa! Y, por fin, observa a tu alrededor todas las riquezas que hay en el mundo, y pÃdeme cualquiera de los bienes de la tierra, del mar y del cielo: nada te negaré. Esto es lo único que te suplico, pues en realidad habrÃa que llamarlo una condena, y no un honor; una condena es, Faetón, lo que me pides como regalo. ¿Por qué rodeas mi cuello con tus tiernos brazos, insensato? No lo dudes, yo te concederé lo que me pidas, pues lo he jurado por las aguas estigias. ¡Pero tú sé más juicioso en tu elección!».