Metamorfosis
Metamorfosis En efecto los vio, pero, creyendo que la imagen le engañaba, tocaba lo que veía llevándose una y otra vez los dedos a la frente. Luego, dejando de culpar a sus ojos, se detuvo, y tal como volvía, vencedor, tras haber derrotado al enemigo, alzó al cielo los ojos, así como los brazos, y exclamó: «¡Sea lo que sea lo que anuncia este prodigio, oh dioses, si es un suceso feliz, que lo sea para la patria y para el puedo de Quirino, y si es peligroso, que lo sea para mí!». Y aplaca a los dioses quemando incienso en herbosos altares hechos de verde césped, liba vino en páteras y consulta las vísceras palpitantes de ovejas sacrificadas para saber qué le pronostican. Tan pronto como el arúspice, un etrusco, las miró, vio en ellas que se preparaban grandes acontecimientos, sin duda, aunque no estaban claros. Pero cuando levantó su penetrante mirada de las entrañas de la oveja a los cuernos de Cipo, dijo: «¡Salve, oh rey! Pues a ti, Cipo, a ti y a tus cuernos obedecerán estos lugares y las fortalezas del Lacio. Tú, sencillamente, evita toda tardanza y apresúrate a entrar por las puertas que ahora están abiertas. Así lo ordenan los hados. En efecto, una vez que Roma te haya acogido serás rey, y sin peligro te apoderarás del cetro para siempre». Él retrocedió unos pasos, y apartando la mirada ensombrecida de las murallas de la ciudad, exclamó: «¡Ah, lejos, lejos de mí aparten los dioses estas predicciones! ¡Mucho más justo será que termine mi vida en el exilio, antes de que el Capitolio me vea rey!». Así dijo, e inmediatamente convocó al pueblo y al noble Senado; antes, sin embargo, oculta los cuernos con ramas de laurel de la paz, y subiéndose a un terraplén construido por los fuertes soldados, tras invocar según la costumbre a los antiguos dioses, dijo: «Hay aquí un hombre que, a menos que no lo expulséis de la ciudad, se convertirá en rey. No os diré quién es por su nombre, sino por una señal: lleva cuernos en la frente. El adivino nos anuncia que si ese hombre entra en Roma, os gobernará como a siervos. En realidad, podría haber irrumpido a través de las puertas abiertas, pero yo se lo impedí, a pesar de que nadie está tan ligado a él como yo mismo. Vosotros, quirites, mantenedle alejado de la ciudad o, si os parecerá que lo merece, atadlo con pesadas cadenas o poned fin a vuestro miedo matando a ese tirano designado por el destino». Entre el pueblo resuena un murmullo como el que recorre los pinares de remangadas copas cuando el Euro impetuoso silba entre medias, o como el que producen las olas del mar cuando alguien las escucha desde lejos. Pero entre el confuso alboroto de la gente airada un grito se alza sobre los demás: «¿Quién es?», y se miran a la frente y buscan los cuernos que les han dicho. Entonces, una vez más Cipo les dice: «Aquí tenéis al que estáis buscando», y quitándose la corona de la cabeza, mientras la multitud intentaba impedírselo, mostró las sienes en las que despuntaban los dos cuernos. Todos bajaron la mirada y emitieron un gemido: de mala gana (¿quién habría podido creerlo?) miraron esa cabeza ilustre por sus méritos, y sin poder soportar por más tiempo que careciera de honores, le impusieron una corona triunfal. Y aunque te estaba prohibido entrar en la ciudad, los jefes te concedieron, Cipo, en señal de reconocimiento, tanta campiña como podías abarcar haciendo un surco con el arado, arrastrado por bueyes uncidos, desde el amanecer hasta el ocaso; y en las puertas de bronce esculpieron unos cuernos que reproducían la forma del prodigio, que habían de durar largos siglos.