Metamorfosis
Metamorfosis El Sol, en el punto más alto de su camino, ya había reducido las sombras a un punto cuando el hijo de Agénor salió a buscar a sus compañeros, extrañado por su tardanza. Su cuerpo iba envuelto en una piel de león, y llevaba como armas una lanza de hierro reluciente y un dardo, pero por encima de cualquier arma llevaba su valor. Cuando entró en el bosque y vio los cuerpos sin vida, y al enemigo victorioso que, recubriéndolos con su enorme mole, lamía las funestas heridas con su lengua ensangrentada, exclamó: «Yo vengaré vuestra muerte, oh lealísimos compañeros, u os acompañaré en ella». Y diciendo esto levantó con su diestra una pesada piedra y la arrojó con gran fuerza. El ímpetu de su lanzamiento habría hecho temblar una sólida muralla coronada de altas torres, pero la serpiente permaneció ilesa: protegida por sus escamas, como si se tratase de una coraza, y por la dureza de su recubrimiento, su piel repelió el tremendo golpe. Pero su dureza no pudo repeler también el dardo de Cadmo, que se quedó clavado en mitad de su flexible espina dorsal, penetrando hasta sus entrañas con la punta de hierro. Enloquecida por el dolor, la serpiente torció la cabeza sobre su espalda, se miró la herida y mordió el asta, y tras tirar con fuerza en todas las direcciones, consiguió arrancársela del lomo; pero el hierro permaneció clavado en el hueso.