Metamorfosis
Metamorfosis Entonces, cuando a su ira habitual se añadió esta última herida, se enfureció de verdad: las venas se hincharon de sangre en su garganta, y una espuma blancuzca se formó alrededor de sus fauces pestilentes; la tierra resonó barrida por sus escamas, y el aire emponzoñado se impregnó del aliento envenenado que salía de su boca infernal. Y unas veces se retuerce formando inmensos círculos con sus anillos, otras se yergue más derecha que una larga viga o embiste impetuosa con la violencia de un río crecido por las lluvias, derribando con su pecho los árboles cercanos. El Agenórida retrocede un poco, parando los golpes con la piel de león, y rechaza el ataque de las fauces con la punta de su lanza; entonces la serpiente se enfurece y arremete sin fruto contra el duro hierro, clavando los dientes en la punta. La sangre había empezado a manar de su paladar infecto y derramándose había teñido la verde hierba, pero era una herida leve, porque la serpiente retrocedía ante el empuje de Cadmo apartando hacia atrás el cuello lastimado, y al retroceder impedía que la herida se hiciese más profunda. Por fin, el Agenórida avanzó hundiendo el hierro clavado en su garganta, hasta que una encina se interpuso en la retirada de la serpiente y la lanza atravesó a la vez el cuello y la madera. El árbol se dobló bajo el peso del animal y gimió azotado por el extremo de su cola.