El cuarto poder
El cuarto poder Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen rato, inmóvil y blanca como una estatua.
En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció, vaciló… desprendiose rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien correspondiese.