El cuarto poder

El cuarto poder

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II

Del feliz arribo de la «Bella-Paula».

El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle. Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz entrecortada por la fatiga.

—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea —dijo un marinero aludiendo al capitán de la Bella-Paula.

—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la tarde —respondió otro.

—¿Dónde?

—¿Dónde ha de ser, mamón?, en la concha —replicó el otro enfureciéndose.

—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.

—¿Cómo lo habías de ver, papanatas…? ¿Has estado por si acaso en la peña Corvera?

—La bandera de la Bella-Paula se ve por encima de la peña, tío Miguel.

—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!

—¿Qué carga trae, don Rosendo? —preguntole al armador uno de los que le acompañaban.

—Cuatro mil quintales.

—¿Escocia?

—No; todo Noruega.

—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?


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