El cuarto poder
El cuarto poder Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más precipitada, se volvió diciendo:
—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la Bella-Paula.
—Yo iré —respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a internarse otra vez en el pueblo.
Llegaron al muelle. La noche estaba frÃa, sin estrellas, el viento acostado, la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se dirigieron a la punta del Peón recién construida que avanzaba bastante más por el mar. Brillaba en la oscuridad tal cual farolillo de los barcos anclados. Apenas se advertÃa la espesa red de su jarcia. Los cascos aparecÃan como una masa negra informe.
Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que rompÃan blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez en cuando en la oscuridad.
—¿Dónde está? —preguntaron varios de los espectadores del teatro sacándose los ojos por ver algo.
—AllÃ.
—¿Dónde?