El cuarto poder
El cuarto poder —¿No ve usted aquÃ, hacia la izquierda, una lucecita verde…? Siga usted mi mano.
—¡Ah, sÃ, ya la veo!
Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allà ya a don Melchor de las Cuevas. Era este un caballero alto, muy alto, enjuto, afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el cuello como una venda. TenÃa más razón para ello que la mayorÃa de los vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecÃa al honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la en que nos hallamos, el elemento marÃtimo predomina y se infiltra de tal modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los marinos.
HabrÃa sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso, erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y descubierta frente. Toda su figura anuncia energÃa y decisión.
Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón, con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más elevada que salÃa del grupo de espectadores.