El cuarto poder
El cuarto poder —¡Don Melchor, usted aquí ya…! Acabo de enviarle un recado a su casa.
—Hace una hora que he venido —repuso el señor de las Cuevas, separando los anteojos de la cara—. He visto la barca desde el mirador poco después de puesto el sol.
—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase por ahí afuera?
—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años —dijo don Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.
—Lo creo, lo creo, don Melchor.
—A quince millas veo virar una lancha bonitera.
—Lo creo, lo creo.
—Y si me apuran un poco —profirió en voz más alta aún—, les cuento las portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
—Arríe, arríe un poco, don Melchor —dijo una voz.
Hubo en la oscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.
El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había salido la cuchufleta. Esforzose en penetrar las tinieblas en silencio algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca: