El cuarto poder
El cuarto poder —No puedo dárselo, señor. La señora, se ha llevado las llaves, y no hay chocolate fuera.
—¡Siempre lo mismo! —murmuró el anciano, no tan enojado como debiera—. Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que hace falta… Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero puede haber un negocio urgente como ahora…
—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadarÃa. ¿No hay por ahà nada que comer?
La criada tardó unos segundos en contestar.
—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora…
—SÃ, sÃ, ya sé.
Don Mateo fue al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no habÃa más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el sacacorchos. Al través de los cristales del armario vio algunas pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
—¡Caramba, si diera alguna llave!
Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas no tuvieron buen éxito.
Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.