El cuarto poder

El cuarto poder

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Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentose en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más oscuro. Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fue todo uno. De esta suerte fue caminando sigilosamente hasta que alcanzó de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:

—Álvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?

—¿Quién?

—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.

—¡Ah, mala centella que lo mate! —exclamó brincando más que corriendo al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.


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