La aldea perdida
La aldea perdida —¡Pura comedia! —exclamó éste exaltándose. —Su reserva, su exterior modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeñado para embaucar al pueblo de Atenas, á ese Demos bobalicón que pinta Aristófanes en los Caballeros, como un viejo irascible y sordo que se deja conducir por los charlatanes… ¡Frugalidad!… ¡desprecio de los placeres!… ¡Que se lo pregunten á la milesiana Aspasia!… Pericles fué un corruptor en todos los órdenes, un tirano que saqueó indignamente á los aliados para recrear á los atenienses y tenerlos propicios… Ya sé… ¡ya sé! —añadió con voz sorda y temblorosa— que se ha dicho por ahà que yo era partidario de los peloponesos… ¡Es una vil calumnia! Jamás he pertenecido á la Liga ni tuve conatos de acercarme á ella. Yo no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antálcidas aunque me cortasen la mano derecha… Puedes decÃrselo asà al señor cura de la Pola que de poco tiempo á esta parte encuentra tan admirable á Esparta —añadió sarcásticamente. —Y puedes recordarle también las sangrientas palabras de Plutarco: «Por la batalla de Leuctres habÃa perdido la preponderancia; mas por la paz de Antálcidas perdió el honor».