La aldea perdida
La aldea perdida —Paréceme, Demetria, que llegó la hora de decirte algunas palabras instruÃdas; porque la sabidurÃa, no lo olvides, hija, es la mejor cosecha que un hombre puede recoger. Vale más que el maÃz y que el trigo y si es caso vale más que el mismo ganado. Ahora que vas á Oviedo y tratarás con señorones de levita, instrúyete, hija, aprende lo que puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia agarra también la pluma. Pero luego que estés bien aprendida no desprecies á los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen ellos. Además el orgullo no sienta bien á ningún cristiano. Yo que comà más de una vez á la mesa con los clérigos te lo puedo certificar. Y el EspÃritu Santo ha dicho: «Si te ensalzas te humillaré, y si te humillas te ensalzaré».
Asà habló el hombre más profundo que guardaba entonces el valle de Laviana y quizá las riberas todas del Nalón caudaloso.
—¡Padre, padre!, ¿por qué me dice usted eso? —exclamó Demetria angustiada.
Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia no tiene fuerzas para acompañar á su hija y queda en casa exhalando gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de él Demetria desciende por la calzada de Entralgo. Detrás marchan también algunos hombres que rodean al tÃo Goro.