La aldea perdida
La aldea perdida En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados. Demetria abraza á todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El mayordomo monta en el suyo brioso.
—¡Adiós, adiós!
El tÃo Goro, pálido como la cera, se acerca todavÃa á su hija, le estrecha las manos, se las besa y le vierte al oÃdo estas memorables palabras:
—Aprende, hija, aprende á leer por los papeles, que la persona que no sabe semeja (aunque sea mala comparanza) á un buey.
Luego se retira demudado como si fuera á caer.
¡Adiós, adiós!
